La jugada política estuvo muy movida la semana pasada por cuenta de las encuestas. Los resultados en todas ellas tuvieron un lugar común: los extremos políticos dominan la muy preliminar preferencia de los votantes.
Y si bien las encuestas aun muestran una buena porción de indecisos, la tendencia se mantiene y el candidato favorito y promovido por gobierno con los recursos de nuestros impuestos se perfila como el gran favorito para para pasar a la segunda vuelta. El otro contendor que se perfila para la segunda vuelta es el que se autodenomina el tigre, un candidato que ha vuelto de su campaña un espectáculo, con escudo antibalas incluido.
Por una parte, tenemos un candidato que no ha ocultado su simpatía por las extintas FARC, cuyo plan de gobierno es básicamente la radicalización de las políticas de Petro y estatizar la economía. En la otra orilla tenemos un advenedizo de la política con un discurso lleno de lugares comunes que no logra disipar las dudas sobre su desconocimiento de lo público y que, además, logró fragmentar a la derecha.
La mejor opción para Colombia está en los candidatos de la Gran Consulta en donde se combina un abanico de capacidades probadas y experiencia en el manejo del Estado, así como un amplio espectro en lo político sin llegar a los extremos de los actuales favoritos que hoy concentran el ruido mediático. Allí hay trayectorias, equipos técnicos y propuestas que entienden que gobernar no es improvisar ni incendiar la opinión pública, sino construir mayorías y resolver problemas concretos.
El país necesita gente con experiencia en la Presidencia, una persona que le ayude a Colombia a retomar el rumbo en lo fiscal, que reduzca el tamaño del estado, que garantice la seguridad en los territorios, que rescate al país de la debacle del sistema de salud y que se tome en serio las relaciones internacionales. El país no necesita más profetas, divagadores y diseminadores de noticias falsas. Colombia necesita alguien que trabaje y que le devuelva la confianza a la inversión y al empleo.
Por eso el 8 de marzo no es una fecha menor. La Gran Consulta es el primer filtro real para evitar que el país quede atrapado entre dos extremos que viven del enfrentamiento. Es la oportunidad de enviar un mensaje claro: Colombia quiere sensatez, quiere equilibrio y quiere resultados.
Votar en la Gran Consulta es asumir la responsabilidad de no dejar que otros decidan por nosotros. Es escoger, desde ahora, una alternativa seria y viable para la Presidencia. La democracia no se defiende desde la queja, sino desde las urnas. El 8 de marzo tenemos la oportunidad de hacerlo.










