Tras la publicación de las cifras del mercado laboral el pasado lunes, varios miembros del gobierno, encabezados por el presidente y sus ministros de interior y de trabajo, salieron en lenguaje pendenciero a criticar los economistas (una profesión que desprecian cada vez más) que habían pronosticado una debacle laboral tras el incremento del 23% en el salario mínimo.
Y si bien no ha habido tal debacle, pues la tasa de desempleo para el mes de febrero llegó a mínimos históricos al llegar a 9,2% con la generación de 624 mil nuevos puestos de trabajo, conviene mirar las cifras con más cuidado.
Las actividades profesionales, las artísticas, los servicios públicos y la industria crearon un buen número de puestos de trabajo. Otras actividades vinculadas al sector servicios también vieron crecer su número de empleados.
Sin embargo, llama la atención la generación de empleos en la administración pública, defensa, salud y educación. En estos sectores se ha visto un crecimiento del empleo aupado por un mayor gasto público financiado con deuda externa a tasas históricamente altas. Hoy sin la menor vergüenza el gobierno convirtió la administración pública en un templo de burócratas militantes, de nepoburgueses que sin méritos y sin cumplir los requisitos para ocupar los cargos reciben un salario pagado con nuestros impuestos.
Hoy el estado colombiano es el segundo mayor empleador de la economía con 3,1 millones de personas. De cada 10 empleos que se generaron en febrero, 4 fueron a parar a la administración pública, situación que se dio justo antes de las elecciones de marzo y de que entrara en vigor la ley de garantías.
Pero lo que es más grave, es que en ciertos sectores donde hay mayor demanda de mano de obra menos calificada como la construcción (afectada por la desastrosa política de vivienda), el transporte y la agricultura se destruyeron 487 mil empleos, de los cuales 363 mil fueron solo en el agro.
Hoy por cuenta del empleo militante, el agro dejó de ser el segundo empleador de la economía en un contexto de altísima informalidad laboral en las zonas rurales, que supera el 83%. Y si bien la informalidad en la zona rural bajó, esta pudo ser producto de la generación de empleos en sectores diferentes al agro. En las zonas apartadas de Colombia es cada vez más difícil aumentar la formalidad, pues no existen tantas empresas que creen empleos formales. Los trabajadores se mueven en trabajos por cuenta propia siguiendo el comportamiento de las siembras o de la cosecha de los cultivos transitorios.
Hoy el gobierno celebra las cifras de empleo, pero sin cambios estructurarles en el mercado laboral, eso es pan para hoy y hambre para mañana.











