Durante años, los colombianos hemos aprendido a sobrevivir a la frustración. Nos frustramos por la inseguridad, por la corrupción, por las promesas incumplidas, por la dificultad para emprender, por la crisis de la salud y por la sensación permanente de que el país podría estar mejor de lo que está. Hoy, a pocos días de una nueva elección presidencial, esa frustración vuelve a sentarse en la mesa de millones de familias.
Las elecciones del próximo 31 de mayo no son simplemente una competencia entre candidatos. Son un examen para la conciencia de cada ciudadano. Porque la democracia no fracasa únicamente cuando gobierna un mal dirigente; también fracasa cuando la sociedad renuncia a pensar, a informarse y a asumir la responsabilidad de sus decisiones. Las elecciones presidenciales de Colombia se celebran en medio de un debate nacional marcado por preocupaciones sobre seguridad, economía, salud y confianza institucional. Pero, sobre todo, marcado por una polarización que lo único que nos hace es daño.
Es fácil señalar a los gobernantes. Es fácil culpar al presidente de turno, al partido contrario o a quienes piensan diferente. Lo difícil es reconocer que cada voto es una decisión moral. Que cada ciudadano, al entrar al cubículo, está definiendo el rumbo de su familia, de sus hijos y de las generaciones que vienen detrás.

Colombia atraviesa uno de esos momentos en los que la emoción amenaza con imponerse sobre la razón. Algunos votarán desde la rabia. Otros desde el miedo. Otros desde el resentimiento. Otros desde la “estrategia”. Otros desde el “análisis político”, pues cabe resaltar que en esta época electoral todos nos creemos analistas políticos.
No necesitamos elegir un salvador. Lo que necesitamos es elegir con criterio. Entender que ningún candidato resolverá todos los problemas y que ningún gobierno será capaz de cambiar un país cuyos ciudadanos esperan milagros mientras permanecen inmóviles. A veces pretendemos que el país cambie, que los gobiernos cambien, pero sin que nosotros movamos un solo dedo. Y la dinámica de un país no funciona de esa manera.
La pregunta del domingo no es solamente quién llegará a la Casa de Nariño. La verdadera pregunta es qué tipo de ciudadanos queremos ser. Ciudadanos que se dejan manipular por discursos vacíos o ciudadanos que estudian, analizan, comparan y deciden con independencia. Ciudadanos que venden su voto por una promesa o ciudadanos que entienden que el futuro de una nación no tiene precio.

El país que tendremos mañana comenzará a construirse con las decisiones que tomemos hoy. Y aunque el nombre del próximo presidente será importante, mucho más importante será la calidad de la conciencia con la que los colombianos lleguemos a las urnas.
Porque las naciones cambian cuando cambian sus líderes. Pero solo prosperan cuando cambian sus ciudadanos.
Bienvenidos a la clínica del alma.










