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Sábado 20 de junio de 2026 - 01:00 AM

¿Fascista?

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En Colombia se volvió moda decir la palabra “fascista”. Alguien menciona un tema que se considera de derecha, defiende el orden, el libre mercado o la seguridad, y ya hay un circo listo para gritar “fascista”. Es el insulto comodín de nuestra política, el que no requiere argumento ni conocimiento histórico.

Pero el fascismo no es eso. Es algo mucho más grave y mucho más concreto que no se logra explicar en estas cortas líneas. Pero, puntualmente, es el Estado aplastando cualquier voz disidente. Es la violencia como método de gobierno, no como exceso. Es la negación absoluta de la democracia. Eso es fascismo. No un candidato que le cae mal a alguien.

¿Abelardo de la Espriella es de derecha? Sí. ¿Es populista en sus formas? También. ¿Tiene posiciones conservadoras en lo social y un discurso agresivo en materia de seguridad? Sin duda. Pero ninguna de esas características lo convierte en fascista. No ha propuesto suprimir partidos políticos. No plantea eliminar la democracia representativa ni construir un Estado totalitario. Puede gustar o no gustar, y eso es completamente legítimo en una democracia. Lo que no es legítimo es desfigurar la historia para convertir un insulto en argumento político o en el mantra de quien tiene una posición política diferente de quien es llamado fascista.

El problema de fondo es que, en Colombia, la palabra fascista se vació de contenido. Se convirtió en el recurso fácil de quien no tiene mejores herramientas para descalificar al adversario. Y, cuando todo es fascismo, nada lo es. Esa inflación del concepto no solo empobrece el debate político, sino que trivializa uno de los episodios más oscuros y dolorosos de la historia humana, en el que millones de personas murieron precisamente a manos de regímenes que sí merecían ese nombre.

Y lo más paradójico es que quienes más usan esa palabra suelen ser los mismos que reivindican el pensamiento crítico y el rigor intelectual. Conozco a muchos. Llamarle fascista a De la Espriella no es análisis político. Colombia merece un debate electoral a la altura de sus problemas reales de inseguridad, desempleo, corrupción y crisis institucional. Problemas concretos y no etiquetas prestadas de la Europa de los años veinte y treinta, aplicadas sin criterio a la política colombiana del siglo veintiuno.

Colombia tiene elecciones este domingo. Es un momento histórico para debatir con ideas, con propuestas y con argumentos. Por el que quieran, pero salgan a votar.

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