Si algún lector conoce otros nombres, agradeceré la precisión histórica. Hasta donde he podido reconstruir, los bumangueses que han ocupado un ministerio en Colombia durante las últimas décadas se cuentan con los dedos de una mano.
La discusión viene a propósito de las recientes declaraciones del presidente electo, Abelardo de la Espriella, quien, en medio de la celebración de su victoria, afirmó públicamente que Jaime Andrés Beltrán tiene “cara de ministro”, alimentando las versiones sobre una eventual llegada del exalcalde de Bucaramanga al gabinete nacional.
Más allá de las simpatías o diferencias políticas que cada quien pueda tener frente al nuevo gobierno, la posibilidad merece una reflexión serena desde la perspectiva regional porque, siendo honestos, la participación de Bucaramanga y Santander en los más altos niveles del Ejecutivo nacional ha sido escasa durante los últimos cuarenta años.

Debemos recordar, por supuesto, a Alfonso Gómez Gómez, nacido en la provincia santandereana y ministro de Gobierno durante la administración de Belisario Betancur, además de uno de los grandes referentes políticos liberales del siglo XX.
Ya en tiempos más recientes aparecen Virgilio Galvis Ramírez, ministro de Salud en el gobierno de Andrés Pastrana y uno de los médicos más prestigiosos que ha dado la región; y Martha Pinto de Hart, bumanguesa, quien ocupó el Ministerio de Comunicaciones durante la primera administración de Álvaro Uribe Vélez.
En un país donde departamentos como Antioquia, Valle del Cauca, Cundinamarca o la Costa Atlántica han mantenido una presencia constante en los gabinetes presidenciales, Santander ha tenido una representación sorprendentemente limitada, especialmente si se considera su peso económico, empresarial, académico y demográfico.
No deja de ser paradójico que una región reconocida por su espíritu emprendedor, por la calidad de sus universidades, por la fortaleza de su sector productivo y por su histórica influencia política en el siglo XIX y buena parte del XX, tenga hoy una presencia tan reducida en los principales espacios de decisión nacional.
Por eso, si finalmente Jaime Andrés Beltrán llega a convertirse en ministro de Estado, el hecho trasciende las legítimas disputas partidistas. No se trataría únicamente del ascenso de un dirigente político particular, sino también del regreso de Bucaramanga a las grandes ligas del poder ejecutivo nacional, después de décadas de una representación prácticamente inexistente.
Si Beltrán termina siendo ministro, será el tiempo el que juzgue sus ejecutorias. Pero, desde una perspectiva estrictamente regional, su llegada representaría una noticia positiva para Bucaramanga y Santander, que llevan demasiados años viendo pasar los gobiernos nacionales sin participación activa.
En lo personal, el eventual nombramiento es más que positivo. Sin duda alguna, buenas cosas vendrán para Bucaramanga y su gente.









