Los empresarios, los emprendedores y los ciudadanos que luchamos durante años, día a día (casi 10 años), contra la narrativa progresista, derrotamos un proyecto político: el de Gustavo Petro, basado en la desconfianza hacia la empresa privada, en el asistencialismo como modelo de poder y en la idea de que el Estado puede reemplazar el esfuerzo, el trabajo y la iniciativa individual. No podemos cometer el error de creer que la elección era el final. Es apenas el comienzo.
Ahora hay que pasar de la indignación contra Petro, de la consigna al presupuesto, del discurso a la obra y de la victoria electoral a la reconstrucción institucional. Esta será una labor ardua, de consenso, de propósito y de principios, donde el único objetivo debe ser reconstruir la seguridad, la inversión privada, la salud, la institucionalidad y la confianza de los ciudadanos.
Para esto, el sector privado será fundamental. No para buscar cuotas burocráticas ni contratos con el Estado (eso sería carroñero y clientelista), sino para mostrar lo que durante años ha hecho por la gente y que, por timidez o falta de comunicación, no ha sabido contar.
El problema es que muchas veces el sector privado ha hecho mucho y ha contado poco: el trabajador que pudo adquirir su vivienda, el hijo que pudo estudiar gracias a una beca, el paciente que fue atendido oportunamente, la comunidad que recibió apoyo, el joven que encontró su primer empleo o la familia que salió adelante gracias a una oportunidad.
El sector privado no puede desaparecer de la conversación pública. No puede ocultarse en reuniones, juntas directivas y presupuestos; debe seguir conversando con la base de sus organizaciones, involucrarse en los territorios y ser parte activa de las soluciones que el país necesita. En realidad, muchas empresas ya lo han venido haciendo; el reto ahora es mostrarlo mejor, contarlo con más fuerza y no aparecer únicamente cuatro meses antes de una campaña presidencial. Los verdaderos héroes son las empresas privadas.
La tarea de los próximos cuatro años no puede ser simplemente esperar que un gobierno lo haga todo. El sector privado tiene que asumir una responsabilidad histórica: invertir, crecer, abrir negocios, contratar personal, mostrarle al país lo que ya hace por la gente, comunicarlo mejor y comprometerse aún más con la movilidad social, pero, sobre todo, producir comunicando.
La victoria electoral puede abrir una oportunidad, pero no garantiza una transformación cultural. Esa transformación requiere continuidad, disciplina, mensaje y presencia. Requiere empresarios menos silenciosos y gremios más conectados con la gente.
Este es el momento de demostrar que la libertad económica también tiene rostro social, que el empleo es la mejor política social y transforma territorios, que el trabajo dignifica más que la dependencia. La campaña terminó, pero la responsabilidad apenas comienza.
Porque derrotar un proyecto político puede tomar una elección. Pero reconstruir una cultura de trabajo, mérito, empresa y oportunidades toma años, y solo tenemos cuatro. Pilas, pues.









