Hay una película que, después de este terremoto, parece haber anticipado lo que estamos viviendo: Encanto. Al final, la casa de los Madrigal se derrumba. Pierden sus cosas, sus recuerdos, el lugar donde transcurrió buena parte de su historia. Pero no pierden lo más importante: permanecen unidos. Porque una casa puede derrumbarse; un hogar, cuando hay amor y familia, permanece.
Entonces aparece todo el pueblo. Llegan los vecinos, cada uno con lo que tiene, dispuestos a ayudar a levantar de nuevo la casa.
Porque eso es Colombia.
Por lo general, las noticias y las redes sociales nos muestran la peor cara del país: las mafias, los contratistas que se roban los recursos públicos, los grupos armados y el bandido de la esquina esperando a su próxima víctima. Todo eso existe y hay que combatirlo. Pero esa no es mi Colombia.
Bastaron unas pocas horas después de la tragedia para que apareciera el verdadero país. Lo hemos visto en las calles, donde los vecinos han salido a remover escombros sin esperar a que llegue la ayuda; en los jóvenes que han organizado brigadas; en cientos de manos anónimas que han llevado agua, alimentos y ropa hasta las zonas más golpeadas.
Esa solidaridad aparece también en personas que, aun teniendo muy poco, no dudan en compartirlo. En familias que ofrecen un plato de comida, abren las puertas de sus casas o entregan lo que tienen porque saben que alguien lo necesita más. En médicos y enfermeras que atienden durante horas sin mirar el reloj; en bomberos y rescatistas que trabajan sin descanso; en empresarios que ponen recursos, maquinaria y transporte al servicio de la emergencia; en fundaciones que se movilizan y en miles de colombianos que encuentran alguna manera de ayudar desde todos los rincones del país.
Y hay quienes se ocupan de cuidar a los que están allí para salvar vidas. Personas que llevan comida, agua y todo lo necesario a los rescatistas que llevan horas, incluso días, trabajando, arriesgándose y entregándolo todo por los demás.
Esa es mi Colombia. La de la gente pujante y determinada que se crece ante las dificultades. La que, cuando alguien cae, no pregunta quién es antes de tenderle la mano. Y eso me hace sentir profundamente orgullosa de haber nacido en este país.
Y vamos a necesitar toda esa solidaridad para lo que viene. La dimensión de la tragedia es enorme. Al momento de escribir esta columna, con corte al 15 de agosto, eran 115.461 las personas afectadas y 14.493 las viviendas destruidas.
Detrás de esas cifras hay historias. Familias que han perdido su casa, sus muebles, su ropa y buena parte de lo que construyeron durante toda una vida. Muchas duermen hoy en carpas, sin saber dónde vivirán mañana ni cómo van a empezar de nuevo.
Por eso, nuestra solidaridad no puede terminar cuando termine la emergencia.
Estos primeros días son fundamentales para salvar vidas, atender a los heridos, encontrar a quienes siguen desaparecidos y garantizar lo básico. Pero llegará el momento en que los rescatistas se vayan y la tragedia deje de ocupar los titulares. Las familias, en cambio, seguirán ahí.
Y es entonces cuando Encanto vuelve a tener sentido. Cuando la casa de los Madrigal se derrumba, el pueblo entero aparece para ayudar a levantarla. Cada uno llega con sus manos y aporta lo que puede. Eso mismo nos corresponde hacer ahora.
Que toda esta solidaridad sea apenas el comienzo. Después de salvar vidas vendrá el enorme desafío de ayudar a reconstruirlas, y ahí también tendremos que estar. Con la misma generosidad, con la misma entrega y con ese corazón inmenso que Colombia ha mostrado estos días. Que no nos falten fuerzas para lo que viene, porque todavía habrá miles de familias que acompañar, casas que volver a levantar y sueños que ayudar a recuperar. Sigamos unidos y no los soltemos hasta que cada una de esas familias pueda volver a empezar.












