China es un país inmenso en población, recursos, tierra y mar; sin embargo, enfrenta retos geopolíticos que determinan su forma de operar en el globo. Pretendo aquí llamar la atención sobre uno de ellos: su encierro geográfico.
Resulta que China, a pesar de su vasta costa continental, corre el riesgo de ver limitado su libre acceso a las aguas del océano Pacífico. Delante de sus puertos se extienden varias cadenas de islas pertenecientes a diferentes países que, en caso de crisis, podrían bloquearla. Veamos.
El primer arco de islas al frente de las costas chinas está compuesto por territorio insular de Japón (las islas Ryukyu), Taiwán, Filipinas y Borneo. En un escenario de conflicto global, desde estos territorios se puede cercar a China, una nación que depende del mar para sostener su economía y disuadir militarmente a sus adversarios. EE. UU. entiende con claridad la importancia de esta primera barrera insular y por ello realiza ingentes esfuerzos para mantener a dichos países como aliados estratégicos.
Dentro de ese primer arco, la situación de Taiwán es crítica. Esta representa un pilar en el relato nacionalista elaborado desde Pekín, el cual insiste en la necesidad de “hacer retornar” la isla a la Gran China, pues considera la Isla como suya, por motivos históricos y culturales. El dilema de esta narrativa es que la propia ciudadanía china, educada en este discurso, presiona cada vez más a sus gobernantes para resolver el “asunto taiwanés” de manera definitiva, elevando las tensiones internas. De no hacerlo, la legitimidad del régimen queda comprometida por proyectar debilidad ante su propia población.
Sin embargo, la cuestión no se limita a la integridad territorial: es también un imperativo económico y militar. Mientras Taiwán permanezca fuera de la órbita de Pekín, funciona como un tapón para su comercio y su marina de guerra. Si China controlara la isla, rompería esta primera cadena, accediendo directamente a las fosas profundas del Pacífico para sus submarinos de disuasión nuclear, neutralizaría la capacidad estadounidense de bloquear su comercio y dividiría las líneas de comunicación marítimas entre Japón y el sudeste asiático.
Ahora bien, ¿cómo acercar a Taiwán sin desatar un enfrentamiento directo con su población y con EE. UU.? Una intervención militar desencadenaría un conflicto a escala mundial, mientras que una retórica cada vez más agresiva solo fortalece el nacionalismo taiwanés, opuesto a los intereses de Pekín.
A este panorama se suma otro flanco débil: China es el mayor importador de petróleo del mundo y el principal exportador de manufacturas, y casi la totalidad de ese flujo atraviesa un paso angosto: el estrecho de Malaca (entre Malasia, Singapur e Indonesia). En una crisis abierta, a EE. UU. le bastaría estrangular este paso para asfixiar la economía china en cuestión de pocos meses.
Pekín ha intentado mitigar esta vulnerabilidad, pero sustituir semejante volumen marítimo por vías terrestres resulta inviable. Además, para evitar un segundo cinturón de contención, mantiene abiertas disputas territoriales bajo la llamada “línea de los nueve trazos”, colisionando con los intereses de Vietnam (país con el que China ha tenido roces desde tiempo atrás), Filipinas, Malasia y Brunéi.
Esta presión ha empujado a varios de sus vecinos hacia Washington en busca de contrapeso. La respuesta china ha sido la militarización progresiva del área, elevando el riesgo de un choque regional de consecuencias globales.
Es así como los protagonistas del nuevo orden internacional van ubicando sus fichas y calculando sus jugadas de cara a la segunda mitad del siglo XXI.












