Colombia atraviesa días muy difíciles. El terremoto del pasado 10 de agosto nos recordó, de la manera más dolorosa, lo frágiles que somos frente a la fuerza de la naturaleza. Las pérdidas humanas, las familias damnificadas y la destrucción de viviendas e infraestructura dejan imágenes que difícilmente podremos olvidar.
Los terremotos tienen una característica que aumenta nuestra vulnerabilidad: no podemos predecir cuándo van a ocurrir. Podemos conocer las zonas de amenaza, construir mejor, reforzar edificaciones, preparar protocolos de emergencia y desarrollar capacidades de respuesta. Podemos mitigar el riesgo, pero no sabemos cuándo se va a materializar.
La pregunta que deberíamos hacernos es qué ocurre con aquellos fenómenos que sí podemos anticipar. El fenómeno de El Niño, por ejemplo, ocurre de manera recurrente. Su intensidad cambia, pero contamos con información suficiente para advertir con meses de anticipación su llegada y prepararnos para enfrentar temporadas de sequía, disminución de caudales, incendios forestales y posibles dificultades en el abastecimiento de agua y energía.
Entonces, ¿por qué seguimos esperando a que llegue la emergencia para actuar?
Prepararnos exige mucho más que elaborar planes de contingencia. Necesitamos conocer nuestros riesgos, planificar el territorio, conservar las fuentes hídricas y realizar las inversiones necesarias antes de necesitarlas. Debemos construir embalses, plantas de tratamiento, tanques y conducciones, pero también proteger predios estratégicos, recuperar bosques y conservar las cuencas que garantizan nuestra seguridad hídrica. La infraestructura gris y la infraestructura verde deben hacer parte de una misma estrategia.
Lo mismo ocurre con el cambio climático. Llevamos décadas hablando del aumento de las temperaturas, de eventos extremos cada vez más frecuentes y de la presión que ejercemos sobre los ecosistemas. Incluso hemos identificado límites planetarios que nos advierten que nuestra capacidad para utilizar los recursos naturales no es infinita. La discusión ya no puede limitarse a reconocer el problema. Tenemos que preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para enfrentarlo.
No podemos controlar un terremoto. Tampoco podemos impedir que llegue El Niño, que llueva más de lo esperado o que una sequía reduzca nuestros caudales. Lo que sí podemos controlar es qué tan preparados estamos cuando ocurra.
Esa es una responsabilidad de los gobiernos, pero también de las empresas, las autoridades ambientales, la academia y los ciudadanos. La resiliencia de un territorio no se construye durante la emergencia; se construye muchos años antes, estudiando, planificando, invirtiendo y tomando decisiones responsables.
El terremoto nos recordó brutalmente que la naturaleza no pide permiso. Frente a los fenómenos impredecibles debemos estar preparados y hacer lo posible por mitigar los impactos. Pero frente a los que podemos anticipar, no tenemos excusa.
Viene el fenómeno de El Niño y ya sabemos lo que puede suceder. Después no diga que no le avisamos.












