Hijo de mi vida:
Te escribe tu papá, Felipe Zarruk, aquel que te recibió en sus brazos el dos de septiembre de 2009, cuando llegaste a este mundo, no tan convulsionado como el actual. Tu mami me dijo en enero de ese año que estaba embarazada; grité y me emocioné mucho porque era un deseo que Gabriela tuviera un hermano. No queríamos dejarla sola en este mundo, si algo nos llegara a suceder; tu mamá tenía miedo, pero, como dirían los jugadores de fútbol, “se nos dieron las cosas” y el resultado fuiste tú. Un ángel, el mismo que me habló antes de que naciera tu hermana, me volvió a buscar y me dijo: “Llamarás a tu hijo Juan Felipe, los nombres de los discípulos amados por el Señor. Y dile a tu mujer que se haga la voluntad del Padre”. Enviaban un mensaje desde el cielo. Me sucedió dos veces; tiempo después supe por boca de Gloria, la sobrina de Kiko Navarro, que el mensajero había sido el Arcángel Gabriel.
Tenías cinco años cuando viste en mi mesa de noche la foto de mi padre, es decir, de tu abuelo ‘Ata’; me contaste que lo conociste en el cielo y que papá me había enviado un mensaje contigo. El recado era claro: mi recordado padre me pedía que no sufriera más por su partida. ¡Esa noche lloré sin parar! Te creí, porque siempre has sido un niño sincero, honesto y honrado; virtud que destacó en ti hace un par de años don Abelardo Mantilla Serrano, en la puerta de tu colegio, el Divino Niño. Esa tarde me sentí el hombre más orgulloso sobre la tierra y de una vez le dije a tu mamá: “Este chino salió igual que los abuelos”. Mis amigos siempre te miran con cariño, respeto, también con admiración; y pensar que tan solo tienes 16 años. Me sorprendes al hablar de economía, de política y que domines temas como la historia de la Segunda Guerra Mundial. Eres un lector incansable y te afanas por ir en la búsqueda de conocimientos. Tus compañeros y amigos de toda la vida hablan muy bien de ti, igual que sus padres. Recuerda esta frase: “Los amigos son como los zapatos, podemos tener muchos, pero siempre andamos con los que nos sentimos más a gusto”.
Eres un muchacho noble y espiritual; me encanta verte mientras desayunas para ir al colegio, escuchando la palabra. La tienes clara, hijo mío: Dios es lo más importante, ¡nunca lo olvides! Eres estudioso, ¡vas a triunfar en la vida! Triunfar no es tener dinero, es tener valores para conseguir tus objetivos. Ya tienes en tu morral lo necesario para la vida: rectitud, nobleza, comportamientos ejemplares, lealtad y esfuerzo. Te van a servir si quieres emprender la carrera militar siguiendo los pasos de tu abuelo Héctor, o si te vas a estudiar medicina. Pero lo más lindo es que tienes a Dios en tu corazón. Él será tu estetoscopio; eres un hijo ejemplar y un chico humilde. Sigue extendiendo la mano por la ventana del carro; tus monedas le sirven a quienes las requieren, porque siempre debemos ayudar al prójimo. Nuestro país está lleno de gente hermosa y solidaria; estos días han sido difíciles por cuenta del terremoto. Tú haces parte de esa cadena que nos ató a todos para apoyar a quienes nos necesitan en estos momentos. Me fascina que me acompañes a visitar a los niños que padecen alguna enfermedad; lideraste una campaña en el colegio para llevarles regalos y un ratito de alegría. Vivo para sentirme orgulloso de ti, pequeño Hombre Araña. Eres mi compañía, mi prolongación en este mundo. Ya no jugamos como antes; se acabaron las cosquillas, el juego del escondite o la búsqueda de los tesoros imaginarios en la finca o en la playa. Has crecido y no te gusta que te dé besos en público, ¡qué oso! Pero lo seguiré haciendo hasta que me vaya de este mundo. Dios te bendiga siempre, hijo hermoso. Te amaré hasta la eternidad. Un beso grande ‘Señor Lazañas’. Con amor de padre: ‘El señor don Popes’.












