Hay tragedias que dejan dolor y pérdidas, pero también nos recuerdan de qué estamos hechos. El terremoto del pasado 10 de agosto ha puesto a Colombia ante una enorme tarea de reconstrucción. Y, al mismo tiempo, nos ha mostrado algo que vale la pena reconocer: cuando nos une una causa común, somos capaces de hacer grandes cosas.
Por eso hay que aplaudir las millonarias donaciones de empresarios y organizaciones para apoyar la reconstrucción, pero también a quienes han entregado alimentos, transporte, medicamentos, infraestructura, trabajo y conocimiento. La solidaridad tiene muchas formas y no todas se miden en dinero. Cada aporte, desde el más grande hasta el que parece pequeño, puede convertirse en una respuesta concreta para quienes hoy necesitan recuperar sus hogares y tener nuevas oportunidades.
Precisamente por eso resulta desafortunado que el expresidente Petro califique estos aportes como “limosnas” y siga insistiendo en que la solución pasa por cobrar más impuestos a quienes tienen mayores ingresos. Mientras otros países buscan atraer y proteger la inversión, Colombia no puede darse el lujo de desincentivar a quienes crean empresas y generan empleo. No se trata de escoger entre impuestos, donaciones o recursos públicos, sino de sumar todas las alternativas posibles.
El Gobierno ya contempla fortalecer el mecanismo de Obras por Impuestos, que permite a las empresas destinar parte de su impuesto de renta a la ejecución de proyectos públicos en regiones vulnerables o afectadas, en lugar de pagar ese monto directamente al Estado. Es una manera concreta de vincular al sector privado a la recuperación de los territorios.
También vale la pena acelerar la venta de los bienes administrados por la SAE que provienen de procesos de extinción de dominio y destinar esos recursos a la reconstrucción. Así, activos que alguna vez estuvieron relacionados con actividades ilegales podrían convertirse en viviendas, hospitales, escuelas y nuevas oportunidades para las comunidades afectadas.
Si algo nos ha demostrado esta emergencia es que todos tenemos algo que aportar. El conocimiento, la experiencia y el trabajo también pueden ponerse al servicio de una causa común. Desde la Fundación Cardiovascular y el Hospital Internacional de Colombia decidimos hacerlo desde aquello que mejor sabemos: cuidar vidas.

Esta semana llevamos a Buenaventura la misión “Siempre adelante por Colombia”, con especialistas en ortopedia, cirugía general y anestesiología, además de profesionales de instrumentación quirúrgica y enfermería, para apoyar procedimientos a pacientes que llevaban días esperando atención.
Al mismo tiempo, le propusimos al presidente Abelardo de la Espriella poner nuestros 40 años de experiencia al servicio del país para desarrollar, junto con el Gobierno Nacional, un modelo integral de salud para el Chocó, asumiendo la estructuración de la iniciativa como una contribución de nuestra parte.
La propuesta busca cerrar brechas históricas en prevención, atención primaria, formación, telemedicina y servicios de alta complejidad, con la posibilidad de acompañar su implementación y desarrollo.
Porque la reconstrucción exige mucho más que recursos. Requiere visión, gestión y voluntad para trabajar juntos, y que la solidaridad de hoy se convierta en soluciones que permanezcan cuando la emergencia deje de ocupar los titulares.
El Estado tiene responsabilidades y recursos. Los empresarios, capital y capacidad de gestión. Las instituciones, conocimiento y experiencia. Y cada ciudadano, algo que puede ofrecer. Tal vez esa sea la pregunta que este momento nos deja: no cuánto podemos dar, sino qué estamos dispuestos a poner al servicio de Colombia.









