Hay momentos en los que una región necesita dejar de preguntarse si tiene potencial y comenzar a preguntarse qué está haciendo para convertirlo en realidad.
Los santandereanos llevamos años hablando con orgullo del Cañón del Chicamocha, pero ha llegado la hora de que ese orgullo se traduzca en una acción concreta: ponerle ruedas a la postulación para que este territorio pueda convertirse en Geoparque Mundial de la UNESCO.
El primer paso ya existe. El Decreto 844 de 2024 creó un comité de coordinación interinstitucional para impulsar el desarrollo y aprovechamiento del Cañón del Chicamocha e involucró a 17 municipios: Macaravita, Capitanejo, San José de Miranda, Onzaga, San Joaquín, Mogotes, Molagavita, Curití, San Andrés, Cepitá, Aratoca, Piedecuesta, Los Santos, Jordán, Villanueva, Barichara y Zapatoca.
Pero un decreto, por sí solo, no transforma un territorio. Necesita voluntad política, coordinación institucional, conocimiento científico, participación comunitaria y, sobre todo, ejecución. Por eso este es un llamado respetuoso pero firme a la Gobernación de Santander: hay que convocar ese comité y comenzar a trabajar en la postulación.
El Cañón no es una enorme cicatriz que atraviesa el rostro del departamento, es un hilo conductor que conecta naturaleza y cultura, geología e historia, saberes y sabores, comunidades y oportunidades.
La riqueza del territorio es extraordinaria. Su patrimonio paleontológico, geomorfológico y tectónico convive con una enorme diversidad biológica y cultural. También pueden desarrollarse miradores, señalización y herramientas interactivas para comprender aquello que terminamos mirando con indiferencia porque lo tenemos frente a los ojos.

Un Geoparque Mundial no debería ser otro sello turístico para poner en un folleto. Puede convertirse en una plataforma para proteger, educar y generar desarrollo sostenible. Su lógica integra activos abióticos, bióticos y culturales para dinamizar las economías territoriales mediante turismo sostenible.
Y ahí aparecen los 17 municipios como protagonistas, no como espectadores. Una declaratoria de esta naturaleza podría abrir posibilidades para emprendimientos, gastronomía, guianza, investigación, educación, alojamiento, artesanías, interpretación ambiental y múltiples encadenamientos productivos. El beneficio no tendría por qué quedarse en los grandes operadores; podría llegar principalmente a las comunidades.
Santander tampoco tendría que construir solo ese camino. La academia puede aportar. La UIS, por ejemplo, ha involucrado diferentes unidades académicas en trabajos relacionados con el territorio, sumando conocimiento científico a los saberes de las comunidades.
Y esta debería ser también una causa nacional. Colombia necesita un Geoparque Mundial y el Chicamocha tiene argumentos de sobra para intentarlo. No postularlo sería una gran torpeza histórica al dejar desperdiciar un capital natural y cultural que tenemos ahí; sería, además n gran acto de egoísmo con las comunidades que podrían verse beneficiadas de manera clara. El Cañón del Chicamocha lleva millones de años esperando. Nosotros llevamos demasiado tiempo hablando de él.









