Hace algún tiempo, un gran amigo me preguntó, basado en mi experiencia como médico y director de una clínica especializada en dolor: ¿cuál es el peor dolor que ha tenido que atender?
La respuesta no es sencilla. Sin embargo, antes de responder, creo que es importante hacer una precisión: el dolor solo cobra verdadera relevancia cuando genera sufrimiento. En la práctica, lo que observamos no es el dolor en sí, sino el sufrimiento que este provoca. Por eso, quizá la pregunta correcta sería: ¿cuál es el mayor sufrimiento que he tenido que atender?
Con los años he aprendido que los dolores emocionales, aquellos que nacen más de las emociones que de una lesión física, suelen generar un sufrimiento mucho más profundo que los dolores del cuerpo. Con frecuencia, cuando visito a un paciente con cáncer avanzado, encuentro que su dolor físico está adecuadamente controlado. Sin embargo, el sufrimiento de sus familiares, que observan cómo la vida de un ser querido se va apagando poco a poco, puede ser aún más intenso que el del mismo paciente.
No existe un termómetro capaz de medir el dolor o el sufrimiento. Por eso solemos juzgar el sufrimiento ajeno a partir de nuestras propias experiencias, lo que con frecuencia nos lleva a cometer errores. Los científicos que estudian el cerebro han demostrado que la única manera que tenemos de comprender el dolor de otra persona es activando en nuestro propio cerebro algunas de las mismas áreas que se activan en quien lo está experimentando, aunque en una intensidad diferente. Quizá por eso sentimos un escalofrío cuando vemos un video en el que alguien recibe un golpe fuerte; durante un instante, una parte de nosotros experimenta algo de ese dolor.
El sufrimiento puede tener múltiples orígenes. Sin embargo, en mi experiencia, los peores sufrimientos no son necesariamente los que acompañan la cercanía de la muerte. Los más profundos suelen aparecer en aquellas personas que sienten que han sido víctimas de una gran injusticia y que no encuentran una forma real de repararla o darle sentido.
Por eso considero que en una sociedad como la nuestra, donde casi todos, independientemente de nuestra condición económica, nuestras creencias o nuestro lugar de origen, conocemos a alguien que ha sido víctima de una situación que consideramos profundamente injusta, existe una enorme carga de sufrimiento silencioso.
También he observado que quienes logran aliviar ese dolor son aquellos que encuentran una manera de transformar esa sensación de injusticia. Algunos lo hacen a través del perdón; otros, convirtiendo su experiencia en una fuerza para ayudar a los demás, construir algo valioso o encontrar un propósito superior.
Al final, el dolor hace parte de la condición humana. Pero el sufrimiento no depende únicamente de lo que nos ocurre, sino también de la manera en que decidimos afrontar aquello que nos ha herido. Tal vez la verdadera sanación comienza cuando dejamos de preguntarnos por qué ocurrió una injusticia y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer con ella.
“La herida es el lugar por donde entra la luz”. —Rumi











