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Jueves 03 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

Mientras todavía hay tiempo

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A veces uno quiere escribir sobre cosas distintas. Dejar por un momento la política, la justicia, la seguridad y tantos asuntos que ocupan parte de nuestras conversaciones, para reflexionar simplemente de la vida. Quizá porque hay circunstancias personales que nos hacen pensar más de la cuenta y preguntarnos qué estamos valorando, qué hemos dejado para después y cuánto reconocemos a las personas que tenemos cerca.

Esta semana quise hacer precisamente eso, escribir desde un lugar más personal sobre algo que seguramente todos hemos pensado alguna vez: la facilidad con la que damos por hecho lo que tenemos y creemos merecerlo.

Suponemos que mañana vamos a despertar, que podremos volver a llamar o ver a alguien, que habrá otro cumpleaños, otro almuerzo, otra conversación, pero de vez en cuando la vida se encarga de recordarnos que nada ni nadie está asegurado para siempre.

Nos acostumbramos a las personas, a su presencia, a sus ideas y a saber que están ahí, hasta el punto de dejar para luego una visita, una conversación, un abrazo o algo que queríamos decirles, creyendo que tendremos tiempo.

También solemos esperar demasiado y olvidamos que cada persona da de lo que tiene y de lo que puede. Unos ofrecen cuidado; otros, compañía; algunos están siempre pendientes y otros aparecen cuando realmente hacen falta. Hay quien dice lo que siente y quien demuestra su cariño haciéndonos la vida más fácil. Por eso, en lugar de medir todos los afectos con la misma regla, deberíamos aprender a reconocer a las personas valiosas que, cerca o lejos, desde hace años o desde hace poco, ocupan un lugar importante para nosotros.

Quizá cumplir años también sirva para mirar alrededor y agradecer, no solamente por quienes siguen aquí, sino por todo lo que hemos recibido de ellos, incluso cuando no llegó como lo habíamos imaginado o creíamos merecer.

Hay cosas que no deberían esperar. Si queremos a alguien, vale la pena decirlo; si estamos agradecidos, que lo sepa, y si alguien ha sido importante, también. Mientras podamos llamar, visitar, abrazar, pedir perdón o simplemente sentarnos a conversar, no tiene mucho sentido confiar en que habrá un después. Al final, hoy estamos aquí, todavía queremos y podemos, y muchas de esas cosas que solemos aplazar dependen únicamente de nosotros.

Estamos tan ocupados pensando en lo que viene o en lo que nos falta, que podemos dejar de ver lo que ya está pasando. Vale la pena mirar un poco más y mejor mientras todavía hay tiempo. Yo, por lo menos, quiero hacerlo. ¿Qué tal que un día nos demos cuenta de que mucho de lo que buscábamos ya estaba frente a nosotros y, por tenerlo tan cerca, no supimos reconocerlo a tiempo?

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