Con nostalgia dibujo sobre el papel letras para que ellas, enlazadas, armen palabras que se ensarten en frases. Lo hago con morriña, pues desearía, mejor, oír el triste y tierno sonido que saliera de un piano para, con añoranza, despedir a tres amigos, a tres contemporáneos, seres que, en diversos escenarios y circunstancias, cada cual a su manera, me brindaron fraterna y desinteresada amistad.
La Parca vino hace poco, a diferentes lugares y horas, por Juan José Ortiz Sepúlveda, Luis Camacho Márquez y Jorge Gómez Lizarazo, y yo, ante ello, musito mi despedida, pues la “Huesuda” está abriendo una zanja oscura y profunda para que todo lo que fue mi generación y mi entorno se esfume.
Mi generación fue joven cuando valía la pena serlo y el mundo era una acuarela de sucesos y rupturas. De ello hoy casi nada queda. En ese entonces respiramos, subimos la voz, vimos nacer la esperanza, tomamos la ternura en capullo y nos deleitamos dejando que los crepúsculos lograran ser de color violeta… Creíamos que el futuro era abrir una puerta y dejar que entrara el viento. Y vivimos, vivimos…
Mas hoy hay algo quebrado en las tardes, pues todo y todos los que fueron testigos de ese entonces dejan de ser, se vuelven recuerdo… Solo queda decir lentamente, casi en susurro… “Muerte, cesa tanto trajín con quienes un día hicimos futuro, con quienes creímos que había un antes y un después”.
Con Juan José Ortiz siempre encontré fraternidad y transparente amistad, pues ambos supimos tempranamente lo que fue enfrentar la vida desde temprana edad. Eso une.
Con Luis Camacho Márquez, mi paisano, compartí el amor por las montañas guanentinas que nuestros mayores volvieron cafetales y revivimos semblanzas y hechos de esa tierra, de sus gentes. No solo era mi coterráneo y contemporáneo, era el hijo de quien considero fue el más transparente y eficaz administrador de bienes públicos de que hago memoria, Luis Camacho Rueda, hombre sin mácula que engrandeció el sitio donde nací, San Gil.

Jorge Gómez Lizarazo tempranamente habló de algo entonces desconocido, la defensa de los Derechos Humanos y, con exquisito sentido social y coraje, ejerció en épocas oscuras el Derecho en Barrancabermeja y defendió a dirigentes sociales cuando ello era casi un suicidio. Luchó dignamente y logró que los oscuros heraldos de la muerte no pudieran acallar su voz. Jorge acaba de emprender su viaje hacia el más allá.
Los tres salieron hacia el valle de los ausentes. Ellos saben que entre nosotros la despedida es solo un fraterno… Hasta luego…











