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Martes 08 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

¿Ustedes si aman a Bucaramanga?

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Las ciudades no son las vías, los edificios ni los carros; son las personas que las habitan, la comunidad de la que hacemos parte. El cemento, por sí solo, no es ciudad. Por eso, para construir la Bucaramanga que queremos, necesitamos conversación, debate, argumentación y, sobre todo, la capacidad de disentir sobre un proyecto de ciudad que, al día de hoy, no existe. De nada sirven las grandes obras si no tienen como objetivo el bienestar ciudadano; de ahí el despilfarro y los elefantes blancos que son tan comunes en nuestra región.

Bucaramanga está perdiendo la capacidad de conversar, de escuchar al otro por fuera de nuestros grupos de interés. Muchos espacios institucionales terminan en escenarios de rendición de cuentas para sistemas cerrados, sin espacio para la deliberación ciudadana. La posibilidad de formular una pregunta incómoda, controvertir o simplemente ser escuchado es indispensable en las democracias liberales. Por eso, la apuesta de Ulibro por institucionalizar los “diálogos ciudadanos” como propuesta de reflexión resulta necesaria y debería extenderse durante todo el año.

El pasado dos de septiembre tuve el honor de ser parte de uno de estos espacios, junto con Juan Carlos Rincón, presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Bucaramanga, y Alix Johanna Rojas, directora del Área Metropolitana de Bucaramanga. Hablamos sobre la ciudad que queremos, la propuesta de integrar los municipios metropolitanos, los problemas que aquejan al ciudadano en materia de movilidad y planificación urbana, y el papel del esquema asociativo para enfrentarlos.

La conversación dejó asuntos importantes, como el fraccionamiento del norte de Bucaramanga frente al resto de la ciudad y la necesidad de disminuir la cantidad de vehículos en el área metropolitana. Sin embargo, fueron las dos últimas intervenciones del público las que más me llamaron la atención. Una planteó la necesidad de hablar sin rodeos sobre el narcotráfico, las economías ilegales y cómo han permeado la sociedad bumanguesa; la otra fue un desahogo ciudadano frente a la institucionalidad que terminó con una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿Ustedes sí aman a Bucaramanga?

Aunque cada expositor respondió afirmativamente, la pregunta me dejó pensando. No creo que alguien en ese escenario negara el afecto por el lugar donde nació, creció y guarda sus recuerdos. Entonces, ¿es falta de amor lo que explica la corrupción, las basuras en las calles, el deterioro de Metrolínea o la falta de cultura ciudadana?

Aunque amar a Bucaramanga signifique cuidarla, exigirla, respetar al otro, defender lo público y participar en su construcción, tal vez el problema no sea que no amemos nuestra ciudad, sino que hemos confundido amarla con simplemente habitarla.

Entonces, ya no es solamente si amamos a Bucaramanga; la pregunta sería: ¿qué estamos dispuestos a hacer por ella?

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