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Martes 08 de septiembre de 2026 - 01:00 AM

La poética de las coincidencias (l)

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La teoría de la sincronicidad de Carl Jung se manifiesta constantemente en nuestras vidas, aunque no siempre somos conscientes de ello, pues nuestra sensibilidad se ve cada vez más atropellada por el acelerado ritmo cotidiano. Sin embargo, cuando prestamos atención a los detalles nos damos cuenta de que estamos ante algo que tiene sentido. Y es maravilloso percibirlo.

El año pasado tuve una especie de obsesión con el segundo movimiento (La historia del príncipe Kalendar) de la suite sinfónica Scheherazade, de Nikolái Rimski-Kórsakov, por una recomendación de María Cristina. En los primeros minutos hay una transición preciosa de sonidos: abre el violín, le sigue el mejor solo de fagot que conozco hasta el momento y, en seguida, toma el relevo el oboe. Esta majestuosa obra es un claro ejemplo de cómo la música le rinde tributo a la literatura, al inspirarse en Scheherazade, personaje inolvidable de una de las grandes obras maestras de la literatura universal: Las mil y una noches, libro con el que me había fascinado un año atrás.

Tan solo unos meses antes, en la clase de Tamara Djermanovic, Los Ballets Rusos (1909-1929) habían sido tema. Se inspiraron en la tragedia griega como modelo de convergencia entre diversos campos creativos, encarnando así el concepto de la obra de arte total. La famosa compañía fundada por el empresario Serguéi Diáguilev reunió a creadores deslumbrantes. Entre ellos destaca Natalia Goncharova, quien diseñó escenografías completas y tendió un puente entre el folclore y la vanguardia al fusionar corrientes europeas con el neoprimitivismo y el arte popular ruso. Asimismo, resalta la colaboración de Coco Chanel, quien no solo diseñó vestuarios, sino que sirvió como mecenas para sostener la compañía tras la crisis financiera después de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, no olvidemos que la libertad artística es frágil. Hacia 1933, con el cierre de la Bauhaus a manos de los nazis y con la imposición de Stalin del realismo socialista en la Unión Soviética, las vanguardias sufrieron una paulatina asfixia. La historia terminaría demostrando que la censura de las artes ahoga el espíritu humano. Por eso, es imprescindible defender y sostener espacios para la cultura.

Este guiño a los Ballets Rusos me lleva a un caso emblemático de educación pública que conocí gracias a Martina Cárdenas Guzmán, bailarina y alumna de Incolballet (Instituto Colombiano de Ballet Clásico) en la ciudad de Cali. Fundada en 1978 por la maestra Gloria Castro, es la única institución pública del país dedicada a la formación técnico-artística de bailarines. Su bachillerato artístico ofrece tres modalidades: ballet clásico, danza nacional y promoción cultural. Cuenta, además, con la Compañía Colombiana de Ballet y la Compañía Colombiana de Danza Contemporánea… (Continuará).

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