El lunes 25 de julio de 1983 llegué a la UNAB como primíparo para iniciar mis estudios en la carrera de Comunicación Social-Periodismo y en las primeras clases que tuvimos conocí a quienes hasta el día de hoy han sido mis hermanos del alma, entre ellos, Aníbal Morales Mogollón, César González, César Mauricio Olaya, Edgar Cano, William Díaz, Jairo ‘Piedecuesto’ Martínez, Carlos Gélvez y el inolvidable Sergio Alberto Montaña, entre otros. Nos unió el fútbol, los estudios en medio de risas, fiestas y trabajos académicos. Ningún profesor o compañero se salvó de nuestros apodos, mucho menos de las bromas que estaban a la orden del día. A los cuatro días de haber conocido a Aníbal Morales, me invitó a almorzar ese viernes a su casa del barrio San Alonso, ubicada en la calle 18 # 32B-22; su señora madre, doña Nelly Mogollón, preparaba los mejores fríjoles de la región y fui a comprobarlo. Aníbal y su hermano Alberto egresaron de la Academia Militar y les decían ‘Los Alazanes’, apodo que les pusieron los choros y los marraneros en las recochas que se jugaban los jueves en la tarde en la cancha de tierra conocida como El Hueco, en el sitio donde se construyó años después el velódromo Alfonso Flórez Ortiz. Alberto y Aníbal eran los arqueros de cada equipo y se apostaban gruesas sumas de dinero en esos partidos que iniciaban a las cinco de la tarde y terminaban al anochecer. ¡Era mejor no perder!
Con el paso de los semestres y los años, la amistad se afianzó a tal punto que yo entraba a la casa de los Morales solamente girando la perilla de la puerta de madera. ¡Tenía más problemas para entrar a mi casa! Sergio y Aníbal se convirtieron en mis compañeros para todo tipo de trabajos y, a la hora de las fiestas o los bailes, la casa de doña Nelly estaba lista los viernes desde las 7 de la noche. El Binomio de Oro y Diomedes Díaz no descansaban en toda la noche, mientras que a nuestras novias las dejaban ir a dichos bailes porque ahí estaba, vigilante y atenta, la matrona más querida de San Alonso, una mujer hermosa y cuya estatura impresionaba; medía más de 1,84 metros y daba la mano tan fuerte que uno corría el riesgo de que se la tronchara. Pasaron los semestres y llegó la hora de hacer la tesis; yo trabajaba desde hacía un par de años en Caracol Radio, Sergio estaba en Vanguardia y Aníbal se había ido para Cúcuta a laborar con el Grupo Radial Colombiano junto a Jorge Enrique Rico Orduz y Edgar Pantaleón. Decidimos hacer una tesis que llevó por título: “Fútbol, comunicación y cultura”. La dirección de la misma estuvo a cargo del semiólogo payanés Víctor Manuel Sarmiento, la asesoría de Stella Porras y, como si fuera poco, se unieron los vallunos Campo Elías Narváez, profesor de Lingüística, y Alejandro Ulloa, un investigador de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle.
Entrevistamos a Diego Umaña, a Francisco Maturana, a Edgar Perea, a Wbeimar Muñoz, a René Higuita, a Alfonso Del Valle, integrante de la barra Estrella Verde del Atlético Nacional; a Julio Villamizar, a presidentes de barras de todos los equipos; antropólogos y sociólogos desfilaron por nuestras grabadoras, hasta que fuimos a buscar al América de Cali. El onceno vallecaucano se había hospedado en el Hotel Bucarica y nos acercamos al lugar para hablar con los jugadores argentinos Ricardo Gareca y Julio César Falcioni sobre el tema de las barras bravas. Falcioni nos dijo que sí, pero nos pidió el favor de que nos fuéramos para el baño porque se quería fumar un cigarrillo y, como ahí estaba el doctor Ochoa hablando con mi mamá, aprovechamos la distracción del técnico antioqueño para que Aníbal lo entrevistara, mientras Sergio y yo montábamos guardia en la puerta. ‘El Gato’ Falcioni nos atendió de maravilla, se fumó su faso y nos fuimos felices. Esa tesis, calificada con cinco, entre otros por el maestro Guillermo León Aguilar, ganó el Premio de Periodismo Deportivo Postobón y nos graduamos en septiembre de 1989. In Memoriam de Nelly Mogollón de Morales y de Sergio Alberto Montaña Becerra.










