Cuánta falta hacen las sabias afirmaciones de hombres ponderados como Carlos Gaviria, aquél exmagistrado de pensamiento liberal, que asomó por primera vez la opción real de que la izquierda en Colombia pudiera alcanzar el poder, dos décadas atrás, luego de los intentos frustrados por consolidar una fuerza política que no estuviera encañonada por la espalda.
A dónde estaríamos si la corriente de aquella ‘ola verde’, que despertó una inmensa manifestación de simpatía genuina, atraídos por las singularidad de un profesor, Antanas Mockus, que se atrevió a hacer pedagogía ciudadana a partir de la simbología, no hubiese sucumbido ante el grito de ‘caballo discapacitado’ del uribismo, en pleno cenit de su tiempo, para arrebatarle la posibilidad de gobernar un país amnésico.
“¡Venga esa mano, país!” fue el eslogan que acompañó la campaña presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa, en el ocaso de esa década violenta de los años ochenta del siglo pasado, que terminó asesinado a tiros, al igual que el guerrillero desmovilizado del M-19, el también candidato Carlos Pizarro Leongómez, en esos primeros intentos por apaciguar la insurgencia en Colombia. Aún no nos recuperábamos de la terrible muerte de Luis Carlos Galán, el disidente del Partido Liberal que desafió las rígidas estructuras del bipartidismo, que todo parecía estar escrito sobre un pavoroso sino trágico.
Eso dice la historia, o al menos, es lo que los medios de comunicación han cubierto como testigos en primera fila de los hechos, sin que su recuerdo represente necesariamente apología a un pasado del cual tendríamos que avergonzarnos o que se sublime la violencia de la lucha armada, de donde provenga, que tantas vidas ha arrebatado. Eso somos y su lugar en el registro cronológico de lo que es Colombia, “en cierta manera ese pasado es presente”, lo subraya la periodista María Elvira Samper en su libro 1989.
La contrarrevolución cultural del párvulo presidente y su séquito, que agitan al unísono los estandartes de la refundación de una patria ‘milagro’, como si estuviéramos presenciando uno de esos wéstern americanos en los que quien tuviera más cara de malo era el héroe, le dan razón a uno de esos comentarios de opinadores espontáneos que lamentan(mos) la suerte en la que caímos luego de que medio país escogiera, entre dientes, el mal menor.
Dice Andrés, el opinador espontáneo, que “entre Petro y Abelardo vamos a tener genuinamente una década perdida”, a lo mejor con ese presentimiento razonable de que todo puede ser susceptible de empeorar cuando, mientras en el Museo Nacional los cruzados por la batalla cultural arremeten contra lo significados de nuestros tiempos, el vaquero publica relatos cortos en sus redes sociales haciendo valer su condición de ‘matoncito’ de barrio. Es la policía del pensamiento.












