En menos de dos semanas, tres resultados electorales sacudieron el panorama mundial. En Brasil, Lula derrotó a Flávio Bolsonaro en una remontada sin precedentes. En Israel, el bloque de Netanyahu perdió la mayoría para gobernar. Y en Estados Unidos, el Partido Republicano de Donald Trump ―del cual, de manera insólita, es también militante el presidente de Colombia― recibió una auténtica paliza del voto castigo y perdió las mayorías del Congreso y varias gobernaciones.
¿Qué hay detrás de estas derrotas? Lo primero es el rechazo ciudadano a la guerras y a un presidente que no tiene reparos en anunciar que llevará a un país “a la Edad de Piedra”, como dijo Trump sobre Irán. Es la expresión de una agenda imperialista y guerrerista que se exhibe sin pudor y le pasa factura a los pueblos que las promueven.
La guerra contra Irán llegó a subir el precio de la gasolina un 55 % en Estados Unidos, donde el consumo promedio es de 400 galones al año por habitante, siete veces el promedio mundial. Hasta el vicepresidente JD Vance admitió el costo electoral de la guerra.
Ahora bien, las derrotas de Trump, Netanyahu y Bolsonaro no deberían llevar a concluir que los ganadores representan una esperanza de cambio real. ¿Quién mandaba en EE. UU. cuando comenzó el genocidio en Gaza? El expresidente Joe Biden, del Partido Demócrata, cuyo Gobierno entregó a Israel 17.900 millones de dólares en ayuda militar solo en el primer año de guerra. El mismo al que el expresidente Petro llamó “compañero”.
Al día siguiente de la elección, AIPAC, el principal grupo de presión de los intereses de Israel en EE. UU., celebró que más de 234 candidatos, de ambos partidos, apoyados por ellos habían ganado y felicitó a los líderes demócratas del Senado y de la Cámara por su victoria. El lobby que respalda a Netanyahu aplaudió el triunfo de quienes supuestamente lo derrotaron. Republicanos y demócratas son los dos partidos del establishment y en lo esencial, dos caras de una misma moneda: la de una élite decadente que se torna más agresiva en la medida en que pierde más poder.
Colombia no ha sido indiferente a estas derrotas. El presidente De la Espriella también sufre la derrota, como trumpista y donante de los republicanos. Por otra parte, el Pacto Histórico celebró el triunfo demócrata y ratificó que el petrismo no se planta frente al imperialismo estadounidense: se alinea con una de las caras de la moneda.
Colombia no saldrá adelante poniéndose al servicio de los republicanos ni de los demócratas. Su futuro depende de que defina su propio destino a partir del interés nacional. Por eso no necesitamos líderes prorrepublicanos, ni prodemócratas. ¡Necesitamos dirigentes procolombianos!











