Publicado por: Eduardo Muñoz Serpa
Harari, en “De animales a dioses”, expone magistralmente como los grupos sociales crean ficciones, creencias colectivas, realidades imaginadas que sin ser mentiras, a lo largo del tiempo se cree que son realidades.
Mucho de aquello en que como colectividad creemos son realidades imaginadas. ¿Ejemplos? Abundan: las leyes, la justicia, las bolsas de valores, los símbolos patrios, las instituciones modernas, el dinero, las fronteras entre los países, el desarrollo económico y hasta la fe religiosa misma. Una de tales realidades imaginadas son las compañías comerciales.
Harari, destacado divulgador contemporáneo de la ciencia, describe atinadamente en “La leyenda de Peugeot”, que es un apartado del citado libro, lo que son las compañías de negocios creadas por el capitalismo, aquellas en las que trabajan miles de personas que no se conocen entre sí pero que cooperan estrechamente en aras de que esa ficción, la empresa para la que laboran, logre ganancias monetarias. ¿Acaso ellos son la empresa? No, pero creen que lo son. Si ellos desaparecieren, serían reemplazados por otros miles que a su vez creerían ser la empresa y seguirían produciendo; esa es una ingeniosa ficción legal creada por otra ficción, la Ley, que -además- inventó que tenía personalidad jurídica para que fuera distinta a sus creadores y a sus trabajadores y llegara a ser lo que actualmente es, la gran protagonista de la economía mundial.
Hace 11 años una Ley trajo al país, a través de su versión francesa, la más nueva de tales ficciones mercantiles, la SAS, que fue ideada en Delaware, EE.UU. Ella, hoy, es la forma societaria que más se crea en Colombia como que más del 90% de las compañías constituidas en nuestro suelo entre 2009 y hoy son SAS.
Pero... ¿acaso la SAS ha sido el real avance empresarial que se promociona? Humm, las bondades de cada cosa dependen del prisma con que se les mire, como lo comentaremos en la próxima columna...










