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Gustavo Galvis Hernández
Viernes 13 de junio de 2025 - 01:00 AM

No todo tiempo pasado fue mejor

En los 90 siguieron las masacres y los asesinatos de políticos, pero la captura de los capos y la muerte de Pablo Escobar, la reinserción del M-19 y la Constitución de 1991, generaron esperanza. Pero siguió la violencia, ahora agravada con hechos de grosera corrupción de los cuales recuerdo especialmente el llamado proceso 8000.

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Desde que tengo memoria, Colombia y el mundo han permanecido en una ola de violencia. En mi niñez (como ya les he comentado) mi padre nos reunía en las noches a oír las noticias de la II Guerra Mundial. Por eso en mis primeros recuerdos de infancia, junto con los paseos a la finca de los abuelos, están las palabras de un locutor que anunciaba “la bandera Nazi cuelga de la torre Eiffel”.

En paralelo, en Colombia teníamos nuestra propia guerra civil. Recuerdo las noticias del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y el bogotazo. Bucaramanga era una ciudad tranquila, pero los enfrentamientos entre liberales y conservadores llegaron a la ciudad y a los campos. Mi madre nos castigaba cuando en nuestros juegos infantiles salíamos a la calle, porque en esos tiempos que llamamos “la época de la violencia”, ya había peligro en las calles de Bucaramanga.

Entre 1946 y 1966 vivimos en Colombia un conflicto entre el partido liberal y el partido conservador en el que perdieron la vida más de 190.000 personas. Yo pasé mi infancia y juventud en medio de la actividad del partido liberal de la ciudad y bajo la protección del partido conservador en la finca de mis abuelos. Ese conflicto se apaciguó con el acuerdo conocido como el “Frente Nacional” que hoy vemos que tuvo grandes falencias, pero que entonces significaba esperanza.

Vinieron unos años de relativa tranquilidad pero luego, con el fervor de las ideas revolucionarias en América Latina, surgieron grupos guerrilleros de los cuales formaron parte algunos queridos amigos que lamentablemente fallecieron en combate. Cuando finalizó el Frente Nacional, Colombia vivió una de las décadas más difíciles de la historia.

En los ochenta se fortalecieron las guerrillas, especialmente las FARC, ELN y el M-19. También surgió el paramilitarismo y se consolidó el poder armado y económico del narcotráfico. Fueron asesinados destacados líderes como Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán, Jaime Pardo Leal, así como decenas de jueces y miles de soldados y policías. Además, se registraron aterradoras masacres, entre las que recuerdo las de Cimitarra, las de las Fincas Honduras y la Negra, la de La Rochela. Fueron años de violencia extrema, incluyendo el atentado contra un avión comercial donde murieron 107 personas.

Recuerdo cuando en 1989, después del estupor que me causó permanecer en un retén de la guerrilla más de 24 horas en la vía Bucaramanga – Barranca, empecé a limitar mis desplazamientos por el departamento por la crítica situación y por recomendación de mi esposa Merceditas. Durante muchos años dejé de ir a queridas tierras como Barrancabermeja, Cimitarra y San Vicente.

En los 90 siguieron las masacres y los asesinatos de políticos, pero la captura de los capos y la muerte de Pablo Escobar, la reinserción del M-19 y la Constitución de 1991, generaron esperanza. Pero siguió la violencia, ahora agravada con hechos de grosera corrupción de los cuales recuerdo especialmente el llamado proceso 8000.

Avanzado el nuevo milenio soplaron nuevamente vientos de ilusión y optimismo, principalmente con los resultados de las políticas de seguridad que permitieron volver a las carreteras y a los campos, por la confianza en las instituciones y por la expectativa de las desmovilizaciones y procesos de paz con los principales grupos de paramilitares y luego con la guerrilla.

Por eso duele volver a ver en los periódicos noticias de atentados contra líderes políticos, cruentos y aleves ataques en los departamentos del suroccidente, en La Gabarra y en general en todo el país, desinstitucionalización, inseguridad en las carreteras y tantas otras manifestaciones de violencia que denotan grave retroceso y deterioro, y que rememoran tiempos que creíamos superados.

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