Publicado por: Isaí Fuentes Galván
Aquel lunes 14 de marzo la niebla que había cubierto al país del nunca pasa nada durante casi un año, ya se había ido. Ahora las cosas estaban más claras, se podían ver mejor.
Los idus de marzo trajeron consigo desolación para algunos y festín para otros. No era casual que Marzo se llamara así. Lo era en honor a Marte, el dios de la guerra y aunque el idus era el quince, ese año se había anticipado al trece, acontecimiento que fue interpretado por los astrólogos del reino como un mal presagio.
Los antiguos reyes obtuvieron la victoria sobre los rebeldes. Sus máquinas de guerra lograron imponerse a las hordas desordenadas y vociferantes que desde el principio de la batalla se habían vuelto las unas contras las otras en rabioso frenesí, desacreditándose en público. A diferencia suya, los antiguos reyes construyeron consensos con nobles y plebeyos. Alquilaron mercenarios, sobornaron, hicieron pactos secretos y también traicionaron.
El oráculo había vaticinado su victoria. El señor de la guerra los comandaba.
En los campos y regiones apartadas, al igual que antes, las bandas de forajidos sometieron los siervos a los antiguos reyes. Sus jefes habían pactado con estos en secreto a cambio de permitirles seguir traficando con “blanca”, la nieve de la felicidad que extraían de la cima del monte prohibido.
Todo el linaje de los antiguos reyes esparcido por el vasto imperio había hecho alianzas, los del norte ayudaron a los del sur a cambio de oro, mucho oro, que habían robado del erario y otro tanto que los forajidos comandados por el rey azabache del sur, pagaron como tributo, el cual obtenían de las ganancias que les dejaba su oscuro negocio.
Otros de los antiguos reyes, hijos desheredados del rey Rojo, sin opción de reinar pero con algo de oro y mercenarios, lograron infiltrar las hordas rebeldes que eran comandadas por un mecenas inepto pero carismático que los acogió gustoso garantizándoles dos castillos en la baja región.
Un rico mercader de pequeña estatura y bajo perfil que usaba escudo y bandera verde apostó secretamente en ambos bandos y también celebraba. Aunque sacrificó a muchos de sus lacayos logró para su esposa un título nobiliario que le garantizaba sus privilegios.
La niebla se había ido. Ahora todo se veía más claro... el señor de la guerra volvió a soñar con reconstruir su imperio. Todo había ocurrido tal y como lo había previsto. Había llegado la hora de jugar su verdadera carta para unir al imperio de las tinieblas: El rey arriero.











