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Samuel Chalela
Viernes 13 de agosto de 2010 - 10:00 AM

Cónchale, qué zaperoco

Tuve un 'déjà vu' en medio del novelón de Chávez y su sudorosa palabrería hirsuta de cartilla escolar. Lo vi 'en vivo y en directo' con los comentarios de cronistas rosa que entremetían imágenes de las sonadas riñas de cafetín en que Uribe se enganchaba con el vecino para subir el rating. Reviví el zaperoco de las novelas venezolanas de los 70 y 80, en las que Lupita Ferrer se desgañitaba mientras se agarraba firmemente del largo pelo de Grecia Colmenares, a la vez que los galanes venezolanos de nombre al revés (nunca se llaman Juan Carlos, sino Carlos Juan), debatían en lenguaje rimbombante e inventado, asuntos que la gente habla en 'castellano' común.

Publicado por: Samuel Chalela O.

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La riña de cantina ahora llevada a la exaltación de la amistad como, cuando después de la borrachera, viene el guayabo con culpa. Demostrado lo que todos sabíamos: bastaba un poco de astucia emocional de la mano de alguien a quien ni la nostalgia de micrófono ni el complejo de manda- callar lo envisten; lo dicho: una cosa es un mayordomo 'cargado de tigre' y 'cuidando los huevitos de las garras del gavilán del vecindario' y otra bien distinta, un dueño de finca de cabeza fría, sin complejos ni rabietas de cancha de tejo. Debo reconocer que Santos anotó otro gol sin claudicar en lo esencial. Pero al grano: la pelea, la reconciliación, la ambientación, los diálogos, el guión, el casting, el vestuario, todo, no los habrían logrado ni los artífices de esas obras maestras del arte local como Cristal, Topacio o Leonela.

Los periodistas insulsos trasmitieron el momento de la llegada de Chávez como una visita papal.  Descripción detallada de la sudadera bolivariana y los vehículos de la escolta, revista pormenorizada al vestuario de la delegación colombiana y comentario cursi sobre los gestos y el menú. No daba para más, no había nada qué hablar, era una carpa circense que había que desplegar, como cuando el dueño de la finca hace novena navideña para agasajar al mayordomo; éste queda feliz y el dueño sigue siendo dueño los 364 días restantes del año.

Lo único claro, es que todas las dificultades económicas de los comerciantes e industriales afectados por la crisis podrían haberse evitado, manejando la crisis sin pantomima ni rabietas de culebrón de Delia Fiallo y anteponiendo los intereses de Estado sobre los personales.

 

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