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Editorial
Miércoles 25 de febrero de 2026 - 01:00 AM

La belleza arquitectónica de Bucaramanga debe prevalecer

Publicado por: Editorial

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Quienes tuvieron el privilegio de recorrer las calles de Bucaramanga en las décadas de los 70 y 80, saben bien que esta ciudad no solo era más tranquila, sino mucho más bonita. Su atractivo urbanístico residía en un paisaje dominado por imponentes casonas de estilos republicano y colonial que se alzaban en varios barrios, principalmente alrededor de los parques tradicionales de cada sector. Aquellas edificaciones, con sus altos techos, patios interiores y fachadas ornamentadas con balcones y ventanales, eran el testimonio físico de una historia, la expresión material de una identidad cultural que hoy nos parece casi un espejismo.

Pero, de aquel esplendor arquitectónico, salvo contadas excepciones, apenas sobreviven unos pocos ejemplos, como la recuperada casa donde nació Luis Carlos Galán Sarmiento, por ejemplo, que es hoy un espacio que honra la memoria del caudillo, pero que también nos prueba que la restauración es posible cuando existe voluntad política y presión ciudadana. Y qué decir de la que fuera sede de los colegios San Pedro o El Pilar, transformada en el Centro Cultural del Oriente, en el marco del Parque Centenario, un ejemplo de cómo un edificio puede adaptarse a nuevos usos sin perder su valor.

Sin embargo, estos casos no deben hacernos olvidar la gran cantidad de patrimonio que ya desapareció, aunque en medio de este panorama de pérdidas irreparables hay situaciones que resultan particularmente dolorosas por lo que simbolizan. La casa de Custodio García Rovira, prócer de la Independencia y mártir de nuestra tierra, se derrumba lentamente ante los ojos de una comunidad que no la valora y gobiernos que la desprecian. Es una afrenta silenciosa que una edificación con el peso histórico de esa casona se desvanezca por falta de respaldo, mientras el debate público se ocupa de urgencias menores.

Frente a este abandono, contrasta la fortaleza de otras pocas sobrevivientes como la Casa Striethorst, con su inconfundible estilo, o la conocida como Casa del Diablo. Y sobresale, por su impecable estado, la que sirve de sede a la Liga de Lucha contra el Cáncer en el marco del Parque Antonia Santos, quizás la más bella y mejor conservada de las casonas de su estilo en Bucaramanga, un ejemplo viviente de que la preservación es un acto de gratitud con el pasado y de inversión en el futuro.

Si las administraciones pasadas hubieran apreciado debidamente estos valores históricos, estéticos y urbanísticos; si se hubiera protegido no solo las casonas, sino el entorno de calles empedradas y parques tradicionales, hoy tendríamos una ciudad infinitamente más atractiva, un museo vivo capaz de atraer un turismo cultural de calidad que generaría desarrollo y progreso.

Cada edificación que se pierde es un pedazo de nuestra historia que se esfuma, un potencial turístico que se destruye, una oportunidad de embellecer el espacio público que se desaprovecha. La lección debería estar aprendida, pero la urgencia del momento nos obliga a repetirla con vehemencia: no podemos permitir que lo poco que queda de lo mejor que construyeron las generaciones pasadas, corra la misma suerte.

Publicado por: Editorial

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