Publicado por: Editorial
No hace muchos años, Santander y Bucaramanga eran sinónimo de excelencia educativa en Colombia, pero esa época parece haberse desvanecido en un horizonte de cifras decrecientes y oportunidades perdidas. Hoy, quienes estudian en detalle la situación de la educación pública santandereana encuentran un diagnóstico preocupante que exige respuestas inmediatas y contundentes.
El confinamiento derivado de la pandemia de Covid-19 modificó hábitos y rutinas, además de que profundizó las brechas sociales que ya existían, pues los estudiantes más vulnerables, que carecían de conectividad y dispositivos tecnológicos, desaparecieron del sistema escolar, muchos de ellos para nunca regresar. Y, aunque es cierto que Bucaramanga ha logrado reducir ligeramente sus índices de deserción escolar en el último año, la región sigue enfrentando problemas estructurales que afectan la permanencia estudiantil, la calidad de los aprendizajes y la capacidad del sistema para adaptarse a las nuevas realidades educativas.
Bucaramanga cuenta hoy con 11 mil 743 estudiantes menos que en 2018, una reducción que, aparte de factores demográficos, revela la incapacidad del sistema para retener a su población escolar. Los especialistas coinciden en que el problema no es de acceso, sino de permanencia y calidad. Y, aunque el país entero sabe esto, lo que realmente falta es la voluntad política y social para convertir esos diagnósticos en acciones concretas que transformen la realidad de las aulas santandereanas.
La formación de docentes se ha convertido en otra de las grandes prioridades que Santander no puede seguir aplazando, pues se necesitan profesionales mejor capacitados para liderar las transformaciones que el sector demanda, y eso implica actualizar los proyectos educativos institucionales y ofrecer a los maestros oportunidades reales de crecimiento profesional. Atraer y retener talento humano calificado debe ser un objetivo primordial si se quiere recuperar el terreno perdido en los últimos años.
Por otra parte, el sector productivo también tiene un papel fundamental en la construcción de los proyectos de esta área, dado que la educación no es un asunto que competa exclusivamente a las instituciones escolares, sino que requiere una alianza estratégica entre todos los sectores sociales, pues la desarticulación entre los diferentes sectores ha sido, según los analistas, uno de los factores que han contribuido al declive de los últimos años.
Un dato que resulta casi vergonzoso es que el 96 % de los recursos del Sistema General de Participaciones destinados a educación se utiliza para gastos de funcionamiento, lo que deja un margen prácticamente insignificante para la innovación, el acompañamiento pedagógico y el fortalecimiento de los aprendizajes, porque queda en evidencia el hecho de que el modelo de financiamiento actual no está diseñado para promover la calidad, sino para mantener un statu quo que ya ha demostrado ser insuficiente e inoperante.
La deserción escolar sigue ocurriendo y, según las últimas cifras conocidas, uno de cada 30 estudiantes de colegios oficiales en Bucaramanga abandonó las aulas durante 2024, un indicador que no puede ser ignorado ni minimizado, sino que, muy por el contrario, se suma a un balance preocupante que obliga a Santander a recuperar su liderazgo educativo. La transformación pedagógica, el fortalecimiento docente y la garantía de permanencia estudiantil deben ser los objetivos centrales de una nueva política educativa.









