Publicado por: Editorial
El Paseo del Comercio fue concebido como espacio de encuentro ciudadano y de fortalecimiento comercial, pero hoy presenta un deterioro que contradice diametralmente el concepto con el que fue planeado, además de que ha perdido prácticamente toda su importancia histórica y urbanística, algo que se hace más agudo en estas temporadas de fin de año que agravan las dificultades existentes y hacen más visible la incapacidad de las autoridades para garantizar un espacio público ordenado, seguro y funcional para todos los ciudadanos.
Por una parte, el estado físico del Paseo es deplorable: faltan las tapas de las redes públicas, lo que pone en riesgo la integridad de los transeúntes; en el piso hay baldosas levantadas, partidas, desniveladas o sueltas que suman peligro para los caminantes, para no hablar del estado general del mobiliario público que aún sobrevive, el cual pone de relieve la urgencia de la reparación integral de la superficie de esta importante vía peatonal que, de paso, es permanentemente invadida por motocicletas y todo tipo de vehículos.
Por otra parte, a toda esta calamidad provocada por la carencia casi absoluta de mantenimiento se suma la ocupación del espacio público por parte de las ventas ambulantes, que es el problema más agudo que viven no solo esta, sino prácticamente todas las zonas comerciales de la ciudad. El trabajo informal representa una realidad social que merece atención y alternativas dignas, pero su crecimiento sin regulación suficiente reduce las áreas destinadas al tránsito peatonal y genera inconformidad entre los comerciantes establecidos.
Es hora de que aceptemos, gobiernos municipales y ciudadanos, que el Estado ha intentado enfrentar la economía informal desde perspectivas que no han sido las más adecuadas. La persecución física de los comerciantes para despejar el espacio público, la propuesta de traslados a edificios poco o nada comerciales y la instalación de mobiliario urbano obstructivo para impedir su estacionamiento en paseos, parques y andenes no han reducido el problema, mucho menos lo han evitado. Estas medidas atacan los efectos, pero no las causas que originan la informalidad, que son estructurales.
El problema se origina en la inequidad, en la falta de oportunidades y en la marginalidad de amplios sectores sociales, además del rezago en muchas áreas del desarrollo de las ciudades, por lo que cualquier tratamiento adecuado debe considerar esos factores transversales y no limitarse a intervenciones cosméticas o a operativos de desalojo que criminalizan la pobreza y tienen un efecto solo de horas. En lugar del desalojo a rajatabla, la respuesta debe ofrecer políticas de inclusión social, atención integral y reintegración que aborden las causas profundas de la exclusión y permitan recuperar el espacio para el disfrute colectivo.
Atacar las causas transversales de la informalidad implica reconocer que la inequidad, la falta de oportunidades y la marginalidad son el origen histórico del problema y, por lo tanto, las autoridades deben buscar una conciliación entre las necesidades de los informales y la justa exigencia ciudadana de disponer de su ciudad como es debido, lo que lleva a combinar la recuperación del espacio público con programas de empleo, capacitación, crédito y formalización gradual para los vendedores informales. Sin ese enfoque integral, es muy difícil evitar que la ciudad siga expuesta a la repetición cíclica de las mismas dificultades.











