El Chocó que encontraron no era solamente el de las casas destruidas. Era también el de una población acostumbrada a levantarse. María habla de la resiliencia de los chocoanos como una de las cosas que más la impresionaron. Pero esta vez la tragedia fue demasiado grande.

La historia de los cuatro camiones que salieron de Bucaramanga rumbo al Chocó comenzó con una tristeza. María Alejandra Prada vio partir a su hermana desde Medellín hacia una misión de ayuda en Pereira. Quiso acompañarla, pero no pudo. Se quedó con esa sensación incómoda de quien quiere hacer algo y todavía no sabe qué.
Entonces habló con su esposo.
—¿Tú estás triste? ¿Quieres ir a ayudar a tu hermana? María le dijo que sí. Pero había algo que tenía claro.

—Como buena santandereana, quería llegar con algo en las manos.
—Pues llenemos un camión.
Parecía una idea imposible. Pero en pocos días aquella frase terminó convertida en una caravana de cuatro camiones y más de 20 toneladas de ayudas para familias afectadas por la tragedia en el Chocó.
María acudió a su comunidad de unas 500 mujeres, Mi Tribu M., y escribió apenas una frase: “Tengo un deseo: quiero ir al Chocó”. Dos amigas empresarias ofrecieron sus camiones. Después llegaron los estudiantes del colegio de sus hijas, los padres de familia, empresarios, amigos y desconocidos.
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El primer día, sin embargo, apenas tenían lo suficiente para llenar el baúl de un carro. Al día siguiente, el auditorio del Gimnasio Campestre San Sebastián se convirtió en un centro de acopio. Las cajas comenzaron a llegar. Alimentos, mercados, pañales, elementos de aseo, ropa, juguetes. En 24 horas, cuatro camiones estaban cargados. Ochenta voluntarios habían puesto sus manos en aquella tarea.
Después vino la carretera. La caravana salió de Bucaramanga y atravesó Antioquia hasta entrar al Chocó. Allí los kilómetros comenzaron a medirse de otra manera: veinte kilómetros podían tomar una hora. Había tramos destapados, derrumbes, curvas y largas esperas.

Lo más difícil estaba al final. Llegaron sin saber dónde dormirían ni dónde descargarían las ayudas. Entonces la comunidad del barrio Las Américas y la Fundación Mi Pedacito de Cielo les abrieron las puertas de sus propias casas. Allí guardaron los mercados y las cajas que habían llegado desde Santander.
Y cuando aparecieron los camiones, llegaron también unos jóvenes conocidos como Los Bárbaros. Eran unos veinte muchachos capaces de descargar un vehículo en cinco minutos.
No estaban allí para quedarse con nada. Descargaban para que las ayudas pudieran seguir su camino hacia otros municipios. Para María, aquella escena fue una de las grandes lecciones del viaje: incluso quienes tenían poco encontraban una manera de dar.
El Chocó que encontró era un lugar herido. Casas derrumbadas, otras a punto de caer, iglesias afectadas y familias que habían perdido casi todo. Pero también encontró una población acostumbrada a levantarse.
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María descubrió, sin embargo, que la necesidad no siempre tiene la forma de una casa destruida. En uno de los barrios entregaron ayudas a unas 90 familias, aunque solamente cuatro viviendas habían sufrido daños directos. Ella no quiso preguntar quién merecía un mercado y quién no.
“Venimos a servir, no a mirar si usted tiene o no tiene”. Porque detrás de una tragedia también hay neveras vacías, trabajos perdidos y familias que ya vivían con dificultades antes de que llegara la emergencia.

Mientras María permanece en el Chocó, otro camión sale de Bucaramanga. La ruta de la solidaridad ahora apunta hacia Buenaventura. Y entre las cosas que siguen pidiendo hay algo que puede parecer pequeño frente a las toneladas de alimentos: juguetes.
María piensa en los niños que vieron caer sus casas, que dejaron de jugar, que todavía viven entre los rastros de la tragedia. Quizá por eso aquellos camiones llevaban mucho más que mercados y pañales.
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Llevaban un mensaje. Que alguien, a cientos de kilómetros de distancia, pensó en ellos. Todo comenzó porque una mujer sintió tristeza al no poder acompañar a su hermana. Y porque no quiso llegar con las manos vacías.
Después llegaron los camiones, las amigas, los estudiantes, los voluntarios, los conductores y hasta las familias que prestaron sus propias casas. La tristeza de una mujer terminó convirtiéndose en las manos de muchos.
Y María, desde el Chocó, lo dice con orgullo: “Me siento muy orgullosa de ser de Santander y de ver cómo ayudamos a hacer el bien”.















