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Domingo 23 de agosto de 2026 - 03:30 AM

Laura anda al galope comunicando su sueño

Laura Juliana Pinzón ha aprendido una cosa que no enseñan en las aulas: que los sueños también tienen facturas. Que, a veces, para pagarlas hay que ensillarse un caballo y salir a cantar. Eso hace mientras estudia comunicación.

Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA
Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Tiene 17 años y apenas si alcanza el metro y medio de estatura. Cuando entra al salón de clases parece salida de una fotografía de colegio: rostro menudo, sonrisa fácil, ojos despiertos y una expresión de ternura que hace difícil imaginar que, unas horas después, pueda convertirse en otra persona.

Está sentada en primera fila, atenta a cada palabra del profesor, tomando apuntes sobre teorías de la comunicación, estructuras narrativas y el oficio que algún día espera ejercer.

Es una de las estudiantes de segundo semestre de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, Unab.

Pero hay algo que sus compañeros quizá no alcanzan a visualizar cuando la ven detrás de un escritorio: los fines de semana, mientras muchos de su edad duermen hasta tarde o salen a divertirse, ella cambia los cuadernos por las riendas, el salón por el ruedo y los apuntes por canciones.

Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA
Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA

Entonces monta a caballo. Y canta. Lo hace para perseguir un sueño que parece demasiado grande para su estatura: convertirse en cantante, recorrer el mundo con su música y sus caballos y, de paso, pagarse sus estudios.

Porque Laura Juliana Pinzón ha aprendido una cosa que no enseñan en las aulas: que los sueños también tienen facturas. Que, a veces, para pagarlas hay que ensillarse un caballo y salir a cantar. Todo comenzó —dice ella— cuando tenía cuatro años. A esa edad, cuando los niños suelen descubrir el mundo jugando con muñecas, carros o pelotas, ella descubrió que quería cantar.

—Quizá ahí decidí que me gustaba y que quería cantar.

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Primero fue la música colombiana. Después, a los 13 años, llegó el descubrimiento de la música banda, la norteña y la popular. Fue entonces cuando apareció el caballo en su historia.

No llegó como llegan los personajes extraordinarios en los cuentos, anunciados por trompetas o bajo una lluvia de estrellas. Llegó un día cualquiera, en un rancho de Bucaramanga, pero desde entonces su vida no volvió a ser la misma.

Conoció a Rigoberto Taborda, un mexicano radicado en la ciudad y propietario del Rancho Mirador Los Alpes, donde se realizan espectáculos de equinos de alta escuela. Y allí conoció a Burgués. Un Appaloosa Americano. Su primer caballo.

—La primera vez que fui me enamoré de Burgués —dice.

Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA
Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA

Quizá fue el caballo quien la escogió a ella. Quizá fue ella quien lo escogió a él. A estas alturas poco importa. Hay encuentros que no necesitan explicación.

Después llegó Ópaluz, un Gypsy Vanner, y con ellos comenzó una historia que parece escrita por alguien que decidió mezclar en una misma página la música, los caballos y una muchacha que todavía no termina de crecer.

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En el rancho aprendió a montar, pero aprendió algo más: que… un caballo no se conduce solamente con las riendas. También hay que aprender a escucharlo. Por lo menos eso cree de tanto montarlos, sobar sus crines y peinarlos como si fueran los caballos con los que Ken fascina a la Barbie.

Los mismos caballos que han acompañado al ser humano en su historia.

Iguales a los que están en las cavernas prehistóricas, en las guerras antiguas, en las leyendas, en los poemas y en las canciones. Han sido símbolos de fuerza, libertad, poder y belleza. Los griegos los pusieron junto a sus dioses; los nórdicos imaginaron a Sleipnir, el caballo de ocho patas de Odín; los poetas los convirtieron en metáforas de libertad.

Pero en la historia de Laura el caballo no es una metáfora. Es un compañero de trabajo como las llaves inglesas con las que su padre se gana la vida hurgándoles el alma a los carros cuyos únicos caballos cercanos son los de la potencia que los fabrican.

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Para Laurita son el pasaporte al escenario, su sustento, parte del sueño. Una fantasía que incluso antes de conocer la cédula ha distribuido en fases con dos tipos de espectáculos. En las cabalgatas, marcha al frente mientras canta y sus corceles realizan sus ejercicios. En los ruedos y espacios abiertos, canta mientras ellos ejecutan sus trucos.

Y algunas veces la escena cambia. Llega a lomo, hace su entrada, desmonta, se cambia de vestuario y sube a una tarima acompañada por su banda y sus bailarinas.

Es como si pudiera vivir varias vidas en una sola noche. Es estudiante, cantante, amazona, artista y una hija soñadora. Ha cantado en Charalá, Jesús María, Puente Nacional, Coromoro, Simacota, Cincelada, Ocamonte, San Joaquín y San Gil, entre otros municipios.

Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA
Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA

En cada lugar deja una canción, una imagen, el ruido de los cascos sobre la tierra y esa figura pequeña que parece crecer cuando toma el micrófono.

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Tal vez porque la música hace eso: agranda a quienes la llevan dentro. Aunque ella parece tener un tamaño cuando está quieta y otro cuando persigue un sueño. Sabe que todavía le falta mucho. Por eso estudia, ensaya, monta y canta estirando cada hora para abrirles espacio a cada episodio de su tierna existencia.

—Ahorita me estoy enfocando en mejorar cada vez más el show a caballo y el show a tarima para que cada presentación sea mejor que la anterior.

No habla como alguien que ya llegó. Habla como quien sabe que apenas está comenzando. Y eso, quizá, es lo más admirable. Mientras en las aulas aprende a comunicarse, en los escenarios está aprendiendo a contar su propia historia.

Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA
Laura anda al galope comunicando su sueño. Foto suministrada/VANGUARDIA

Una historia que avanza a lomo de caballos, entre canciones de banda, música norteña y popular.

Quizá algún día Burgués y Ópaluz crucen con ella una frontera que hoy parece lejana. Tal vez el sonido de sus cascos termine escuchándose en tierras donde nadie conozca todavía su nombre aunque similar al estallido de los cascos de sus percherones contra el camino, haciendo un símil onomatopéyico, Tik Tok ya la muestra desbocada en las praderas del universo digital ampliando cada vez más el horizonte de su universo profesional.

Y cuando llega el lunes, su polifacético actuar la sumerge en la búsqueda de aprender a escribir, hablar, contar historias.

El próximo fin de semana habrá que volver a ensillar. Porque los sueños, como los caballos, necesitan que alguien los monte. Y ella ya tiene las riendas de los suyos firmemente agarradas.

No sabe todavía cuánto tardará en llegar. Pero ya sabe hacia dónde va.

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