Luis Enrique Ruiz García es el forjador de una tradición en Bucaramanga: la panadería El Maná. El sueño comenzó hace 59 años en el barrio La Victoria y hoy se extiende con un sello de calidad que está vivo en la memoria de los bumangueses.
En una navidad de los años 80, Luis Enrique Ruiz García y sus empleados trabajaban incansablemente surtiendo de pan para esas fiestas y la celebración.
Despachaban latas repletas de pan que salía caliente para los hogares. De un momento a otro, Luis Enrique detuvo la producción.
“De esa horneada no me venden ni un pan”, le dijo a uno de sus empleados de la panadería El Maná. Todos le preguntaban la razón. La panadería estaba repleta de clientes y todos esperaban llenar sus bolsas.

“Ya lo vendí”, respondió Luis Enrique para calmar los ánimos. Era mentira. Pidió que lo empacaran y lo cargó en la camioneta Pickup. Se fue con un ayudante y llegó al asilo San Rafael. Puede interesarle: Un implante para el alma: la historia de Juan Diego Restrepo, un visionario de Santander
Las monjas estaban rezando y salieron a recibirlo emocionadas. “Me oyó (Dios)”, recuerda Luis Enrique fueron las palabras de una de las monjas al verlo llegar con cajas repletas de pan.
Las monjas lo llevaron a la despensa: no había pan para el día siguiente y estaban preocupadas porque apenas quedaban algunas pastillas para el chocolate.
Para Luis Enrique ese impulso vino de una voz que se incrustó en su mente.
“Resulté pensando al final como si una voz me hubiera dicho: ‘No venda más pan, este tiene que llevárselo para allá (San Rafael)’”, recuerda Luis Enrique. Lea también: Bernardo Serrano Gómez, un visionario santandereano que dejó semilla para rato
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Una historia familiar
Es un santandereano con un empeño rotundo en el progreso y la calidad. Fundador de la panadería El Maná, Luis Enrique es un visionario que superó los años grises en los que todo pintaba con números rojos.
Junto a su esposa, María Eugenia Alfonzo Silva, y sus hijos Javier Enrique, Nhora Patricia y Gina Paola, han “amasado” esa próspera cadena de panaderías en el área metropolitana de Bucaramanga que a todos cautiva.

Luis Enrique nació en 1936 en Piedecuesta, en el hogar de Antonino Ruiz Figueroa y Ana Victoria García Quintero, quienes tuvieron siete hijos, todos hombres. Puede interesarle: La fortuna de sembrar y cosechar: Natanael Abril Blanco, un visionario de Santander
Luis Enrique recuerda con aprecio esos tiempos de infancia y su cercanía con ellos. “Fueron muy buenos padres, amorosos”. A los 6 años, perdió a su padre. Luego de eso, acompañaba a su madre a todas partes.
Estudió la primaria en ese municipio y luego pasó al Colegio Santander en Bucaramanga, del cual se graduó en 1956.
De allí pasó a estudiar Ingeniería Mecánica en la Universidad Industrial de Santander, UIS. Cuando llevaba un año en sus estudios, en 1957, el país afrontó un paro nacional. La universidad no fue ajena a esa realidad. Luis Enrique llevaba un mes sin clases por las movilizaciones. Lea también:Mano firme para ayudar: Alberto Alarcón French, un visionario de Santander
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Un día recibió la llamada de un familiar. “Si quiere me lo llevo para Puerto Wilches para que trabaje en el banco”.
Enseguida, Luis Enrique respondió con franqueza: “De bancos no sé nada”.
Al poco tiempo aprendió a diligenciar cheques y consignaciones. Estuvo durante cuatro años en el sector de giros y cobranzas.
De ese lugar, dio el salto para trabajar en el Dane. Fue visitador en Santander, Boyacá, Magdalena, Cesar, entre otros lugares.
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No pasó mucho tiempo para que Luis Enrique entendiera que no quería ser empleado.
Tiempo después, Luis Enrique era el segundo al mando de una reconocida distribuidora de bolsas de papel en Bogotá. Puede interesarle:El coraje de ser santandereano: Álvaro Beltrán Pinzón
En ese paso, aprendió la esencia de emprender: “Me di cuenta cómo se hace una empresa, cómo empieza, cómo se maneja el personal”, apunta.
Luis Enrique se retiró de esa compañía y regresó a la capital santandereana. Entonces conversó con el antiguo dueño de una fábrica de papel sulfito, quien le ofreció una pequeña máquina. El sueño nunca se concretó.
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Como conocía del negocio, se interesó y emprendió su viaje a Venezuela. Cuando llegó a Cúcuta se encontró con su prima Leticia Ruiz, quien estaba casada con Rodolfo Rey Prada.
En esa reunión, convencieron a Luis Enrique para que se quedara esa noche en Cúcuta y saliera temprano hacia San Cristóbal.
En medio de esa conversación, Rey Prada le contó que había cerrado una pastelería y que estaba vendiendo la maquinaria. La idea le quedó sonando a Luis Enrique y trajo los aparatos para Bucaramanga. Puede interesarle:Óscar Pinzón: un visionario tras bambalinas
Luis Enrique se hizo panadero por “accidente”. Aunque no sabe amasar pan, sí tiene claras las medidas, tiempos y, sobre todo, que la calidad de la materia prima es esencial.
El negocio arrancó en la carrera 16 con calle 37, lugar en el que se mantiene. María Eugenia y Luis Enrique se conocieron en el barrio La Victoria.
Se enamoraron y luego se casaron. Los primeros cinco años de la panadería no fueron los mejores y el negocio parecía no despegar.
Doña María Eugenia no dejó que Luis Enrique se rindiera con el negocio. Como pudieron, le inyectaron dinero de una herencia que ella, oriunda de Charalá, había recibido.
Después del quinto año, la historia cambió. Las ventas mejoraron y el negocio no dejaba de crecer.
Aunque tuvo otras seis panaderías alrededor del local inicial, nunca se amargaron por eso. Para Luis Enrique es necesario desprenderse de la envidia si se quiere progresar. Puede interesarle: El pulso de la experiencia: la historia de Pastor Julio Delgado Hernández, un visionario del comercio
Cuando le preguntaban si le importaba que montaran otra panadería en el mismo sector, Luis Enrique respondía en tono jocoso: “es porque ya no doy abasto”.

Uno tiene que obrar de buena fe y no tenerle envidia a nadie

Luis Enrique tenía un libro pequeño con historias de la Biblia. Allí se encontraron con la historia del Maná, ese manjar milagroso que, según el Éxodo, fue enviado por Dios para alimentar al pueblo de Israel que caminó 40 años por el desierto.
Con doña María Eugenia forjaron el inicio de esa empresa con varias premisas: trabajo y ahorro, son dos de las claves en ese paradigma.
A 59 años de la fundación de su negocio, Luis Enrique y María Eugenia sonríen al contar su historia. Agradecen a todos los que han pasado por una mogolla mestiza, un mojicón o un pan dulce. Sienten gratitud por lo cosechado. Saben que el amor que tienen sus hijos por la empresa es fruto de un hogar consolidado.













