Bernardo Serrano Gómez es un visionario de Santander que dejó una huella empresarial en el departamento y el resto del país. Su sello trascendió la gastronomía y la industria arrocera del departamento y otras regiones.

El legado de Bernardo Serrano Gómez no tiene techo. Durante sus 52 años de vida (1941-1993), este santandereano trazó el porvenir de sectores como la gastronomía y la industria arrocera. Fue propietario del reconocido restaurante La Puerta del Sol y fundador de Arroz Casanare.
Nacido en San Vicente de Chucurí, Bernardo fue el mayor de trece hermanos en el matrimonio de don Juan Francisco Serrano y doña Noema Gómez. A temprana edad y por la violencia bipartidista, la familia Serrano Gómez tuvo que trasladarse a la capital santandereana.
Con buen pulso, Bernardo empezó a hacer carrera con los negocios desde sus épocas de colegio. Con cariño siempre le pedía a doña Noema que le empacara más corozos para llevar al recreo. Puede interesarle: La fortuna de sembrar y cosechar: Natanael Abril Blanco, un visionario de Santander
Lo que no contaba en su hogar era que aprovechaba para venderlos y así conseguir algo de dinero extra.
María Mercedes Ardila, ‘Chelita’, y Bernardo Serrano Gómez, quien sostiene en brazos a su hija Mónica en el restaurante Don Pepe.

“Desde ahí empezó a brillar por su capacidad de emprender”, sostiene su hijo Juan Bernardo sobre las historias de su padre.
Esa misma visión e intrepidez para los negocios, le permitió ser uno de los fundadores de la Cooperativa del Colegio Santander. Era tal su olfato para los negocios que algunos de sus compañeros de clase le llamaban “Serrucho”. ¿La razón? Aprovechaba cualquier espacio para negociar con sus compañeros y agrandar su participación en la cooperativa. “Le compro su parte” eran las palabras con las Bernardo empezó a capitalizar su talento para los negocios. Puede interesarle:Mano firme para ayudar: Alberto Alarcón French, un visionario de Santander
Hizo parte de la generación dorada que se graduó en 1960. Bernardo compartió clases con otros forjadores de futuro en el departamento como Alejandro Galvis Ramírez, el exgobernador Horacio Serpa Uribe, el exvicerrector de la Universidad Autónoma de México, Jaime Puyana Ferreira; el exalcalde de Bucaramanga, Eduardo Remolina Ordóñez, el empresario Martín Castillo Flórez y el cardiólogo Franklin Roberto Quirós Díaz, entre otros.
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La del 60, fue una promoción que marcó el porvenir de Santander durante décadas del siglo XX y el arranque del siglo XXI.

Bernardo intentó estudiar Veterinaria en la Universidad Nacional, pero la aventura no pasó del primer semestre. Sin embargo, traía en la vena la capacidad de hacer negocios y se le daba bien hacer tratos con personas mayores. Desde joven, Bernardo entendió el poder de la palabra para los negocios. Puede interesarle:El coraje de ser santandereano: Álvaro Beltrán Pinzón
En 1967, Bernardo se casó con María Mercedes Ardila, a quien de cariño le decía ‘Chelita’. Fruto de esa unión surgieron cuatro hijos: Mónica María, Juan Bernardo, Rosa Margarita y Silvia Cristina.
Fue uno de los socios fundadores del importador de vehículos Nissantander en los años 70.
A la par, Bernardo incursionó en el negocio de los restaurantes. Por años, tuvo el icónico restaurante Rinconcito Santandereano (luego Don Pepe) en el barrio San Alonso de Bucaramanga, donde la privacidad de los kioscos permitía a las familias disfrutar de un almuerzo típico y un mute santandereano de sabor inigualable.
Luego de esa experiencia, adquirió el tradicional restaurante La Puerta del Sol. Lea también:La fortuna de crear un hogar: Gerardo Dávila, visionario del sector inmobiliario de Bucaramanga
Previo a la construcción del viaducto Benjamín García Cadena, ese negocio quedaba a un costado de la vía Bucaramanga - Bogotá. Ese cambio urbanístico golpeó al negocio, pero Bernardo supo recomponer la situación y con tesón se logró revertir la tendencia. Décadas después, el restaurante sigue en pie y se mantiene como empresa de la familia.
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El restaurante se convirtió en su embajada para cerrar negocios en varios de los sectores de la economía regional. Era un hombre de carácter, que saludaba con la mano y miraba los ojos. Siempre entonaba el “don” a todas las personas que saludaba, sin importar cargos ni la ocasión. Puede interesarle:Óscar Pinzón: un visionario tras bambalinas
Para esa época, Bernardo también dio el salto a la agroindustria y compró la hacienda El Hato, su primera finca en San Alberto, en el sur del Cesar, en la que empezó a “sembrar” su pasión por el arroz.
En 1975, Bernardo comenzó sus inversiones en el negocio de moler arroz en Bucaramanga. Aprovechando los extensos cultivos de la zona del sur del Cesar. Con el tiempo, Bernardo empezó a buscar horizontes de paz y de alternativa económica. Una invitación a los Llanos Orientales fue decisiva para su futuro empresarial.
Pese a todas las dificultades que traían las inversiones en Casanare por deficiencia de vías, energía eléctrica y demás, Bernardo le apostó a esas tierras y vio los frutos. Puede interesarle:El pulso de la experiencia: la historia de Pastor Julio Delgado Hernández, un visionario del comercio
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A finales de los años 80, y ante el complejo proceso de transporte del arroz verde hasta Bucaramanga, Bernardo decidió construir el primer molino de arroz en Yopal. Una planta inmensa se erigió a las afueras de una ciudad que apenas esbozaba su crecimiento.
Luego de ese esfuerzo y pujanza en el sector arrocero, nace Arroz Casanare, una marca que se mantiene vigente en las despensas de los colombianos. Puede interesarle:El aroma que mueve una región: Oswaldo Acevedo, desarrollador de Café Mesa de los Santos
Sus hijos lo recuerdan como un hombre generoso: siempre dispuesto a ayudar. Una de las cualidades que resaltan es la perseverancia que les inculcó para la vida y los negocios. “Fue un líder nato”, recuerda Mónica sobre su padre.
Luego de la muerte de Bernardo en 1993, doña Chelita ha estado al frente del restaurante, mientras que sus hijos continúan con el legado.
A 32 años de su partida, el nombre de Bernardo Serrano Gómez aún resuena entre los arroceros del Casanare y quienes conocen la historia reciente de Bucaramanga. Su legado empresarial y familiar está más vivo que nunca. Para sus hijos, su carisma no tiene comparación. Puede interesarle:El ‘reflejo’ del compromiso empresarial: la historia de Andrés Novoa, presidente de Ventanar















