Cuando una mascota muere en nuestras manos, lo más doloroso no es lo que pasa, sino lo que deja de pasar.

Publicado por: Carlos Guillermo Martínez Gómez
Los gatos solo se hacen visibles cuando mueren. Mientras viven son transparentes, nos tropezamos con ellos, los rozamos sin notarlos, porque no se sienten, aunque nos ronden en todo momento.
Ahora, con su muerte, Crucio se ha vuelto omnipresente.
Aparece de la nada, acurrucado sobre un cojín, en esa intersección enigmática donde se confunden la memoria y la costumbre. Surge de súbito, solapado por el enigma de su presencia volátil y estelar, solidario con el dolor mortífero que significó ver abandonados de luz para siempre sus portentosos ojos felinos.
Durante 16 años compartimos con Crucio la vida. Ahora compartimos la muerte: la suya, irreparable e insoportable, y la nuestra, acechante, inatajable.
Pero, como se dijo, lo que más duele no es solo lo que pasa, sino lo que ya no pasa, como que sus garras amanezcan atenazadas a las pantorrillas para comenzar el día con ese pequeño rasguño cariñoso.
Ya no pasa que el primer recorrido del día sea con un acompañante sigiloso que se adelanta, se detiene, observa y se regresa, como si inspeccionara el mundo para asegurarse de que podemos seguir adelante.
Ya no pasa que una mirada fija, desde la altura del borde de una mesa, exija su merienda, con esa mezcla de altivez y desamparo que solo un gato sabe fingir.
Ya no pasa que su ronroneo nos devuelva la belleza y la simplicidad de la vida.
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Ya no pasa que la quietud de la casa se rompa con su presencia engreída, con su paso levitante, para acompañar sin invadir.
Ya no pasa que una tarde gris se llena de amarillo porque él aparece, como siempre de la nada, a exhibir esa estampa soberbia, delicada y altanera.
Se nos quedó sin terminar el lenguaje que en los últimos años estábamos creando: un maullido breve para el saludo, un gruñido fingido para el hambre, uno más sincero para la calle y siempre, después de esa excéntrica charla entre dos especies, la despedida con ese ademán de amoroso desprecio con el que los gatos nos tratan todo el tiempo.
En sus años gloriosos Crucio jugaba, corría, cazaba, comandaba una cuadrilla pequeña y feliz de gatos urbanos amotinados; comía a placer, dormía con holgura y pasaba los días de una en otra escaramuza. Fue gracioso, pendenciero, solidario, malcriado, granuja, astuto, pero, sobre todo, adorable. Siempre tuvo la puerta abierta y por eso asimiló todas las mañas de los gatos caseros y las destrezas de los gatos callejeros. Afuera era un picapleitos, adentro era un bribón.
De pronto, un salto menos diestro, una siesta más larga y una mirada suspendida en un hilo de tiempo, anunciaron sutilmente el efecto irreversible del paso de los años que nos marcaba la verdad abrumadora de que esa vida entrañable y en todos los sentidos preciosa, era finita.
En ese momento el instinto de conservación del amor nos convenció de seguir viviendo como si Crucio fuera inmortal, como si cada día fuera simplemente otro más en la cuenta de la inmensidad, que su silencio nuevo era sabiduría y que su paso quedo era el ritmo de su experiencia.

Sin mayores dolores ni sobresaltos la parca se fue adueñando de su cuerpo y empezamos a acopiar desesperadamente cada roce de sus bigotes, cada mínimo sonido, cada instante de su presencia, mientras veíamos que lentamente la silueta de la muerte se acercaba compasiva, pero irremediablemente.
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La vivacidad de sus primeros años se volvió parsimonia en sus pasos viejos; la mirada centelleante de cazador y de rufián, se estaba haciendo tibia, melancólica y algo distraída. Cuando la penumbra del atardecer eclipsaba sus sentidos, se perdía del mundo real hasta que nuestra voz le regresaba el juicio.
El último momento llegó con una mezcla de inevitabilidad y honda ternura, y nos dejó con ese silencio helado que queda para siempre en el alma y las entrañas cuando ya no hay nada que pedir, ni que esperar.
Cuando quedaron deshabitados sus ojos profundos de gato que tanto miré y admiré mientras vivía, se me acabó el aliento y aún no lo recuperó; va y viene entrecortado, tasajeado por la tristeza inclemente de haber perdido un ser que muchas veces y de muchas maneras, nos rescataba de nuestras muertes rutinarias.
Ahora, su ausencia es un fardo de dolor que machaca el corazón. Los espacios lo insinúan, los horarios lo reclaman, las costumbres truncas lo imponen; Todo ahora forma parte de una liturgia enigmática de evocación y tristeza.
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Lo que se oye en la casa es solo el eco asordinado de cada paso que ya no da, cada gesto que ya no hace, cada latido suyo que nuestro corazón ya no percibe.
Todo este misterio tiene que ver con haber compartido la vida y la muerte con un animal, dentro de unas formas de afecto que no caben en categorías humanas.
Y en medio de toda esta privación y abatimiento, hay algo que permanece, algo que no se interrumpe con la muerte, que no se disuelve con el final: una lealtad invicta, un amor irrestricto, ese sí inmortal.
















