Salud
Sábado 24 de enero de 2026 - 04:15 PM

Migrar también enferma: diásporas humanas y el desafío silencioso para la salud pública

Las grandes migraciones del siglo XXI no solo reconfiguran economías y culturas: también transforman, de manera silenciosa, los perfiles de salud de las ciudades que reciben a quienes huyen. Bucaramanga y Santander ya viven ese impacto. Ignorarlo no reduce el riesgo; entenderlo y planificarlo, sí.

Servicios de urgencias en Bucaramanga reciben cada día a población migrante que enfrenta barreras de acceso al sistema de salud. / Freepik
Servicios de urgencias en Bucaramanga reciben cada día a población migrante que enfrenta barreras de acceso al sistema de salud. / Freepik

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Publicado por: Redacción Salud

En una sala de urgencias de Bucaramanga, una mujer joven sostiene a su hijo con fuerza. No pregunta por afiliaciones ni reclama derechos. Solo espera. Viene de lejos. Cruzó una frontera, caminó días, durmió en terminales, pidió ayuda donde pudo. Su hijo tiene fiebre persistente y dificultad para respirar.

En ese momento, la migración deja de ser una cifra, un debate político o un titular lejano. Se vuelve una pregunta concreta: ¿qué ocurre con la salud pública cuando los movimientos humanos dejan de ser excepción y se convierten en regla?

Migrar no es una enfermedad. Pero las condiciones en las que ocurre la migración sí enferman.

La evidencia internacional es clara: la migración es un determinante estructural de la salud. Antes del desplazamiento, muchas personas provienen de contextos con sistemas sanitarios debilitados. Durante el tránsito, enfrentan desnutrición, violencia, interrupción de tratamientos y hacinamiento. Al llegar al destino, encuentran barreras administrativas, miedo, informalidad y exclusión del sistema de salud.

El resultado es previsible: mayor riesgo de enfermedad para quien migra y mayor presión sobre los servicios de salud locales.

Venezuela: una crisis migratoria que también es sanitaria

La diáspora venezolana es uno de los mayores movimientos poblacionales de la historia reciente de América Latina. Millones de personas han salido de su país en menos de una década, impulsadas por el colapso económico, la escasez de medicamentos y el deterioro del sistema de salud.

Desde el punto de vista epidemiológico, esta migración no puede analizarse solo como un fenómeno social. Es, en esencia, una crisis sanitaria regional.

En territorios de alta recepción, como Norte de Santander y zonas fronterizas de Brasil, se documentaron incrementos sostenidos en malaria, sarampión, desnutrición infantil, VIH, sífilis gestacional y morbilidad materna severa. El caso del sarampión es especialmente ilustrativo: una enfermedad previamente eliminada reapareció cuando cayeron las coberturas de vacunación y coincidieron con flujos migratorios masivos.

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No se trató de “enfermedades importadas”, sino de la ruptura de los escudos sanitarios regionales.

El tránsito se volvió permanencia

Santander no es frontera, pero Bucaramanga se ha convertido en ciudad receptora y de tránsito prolongado. Su ubicación estratégica, su oferta de servicios y su dinámica económica la han vuelto un punto de llegada para miles de personas migrantes.

En los últimos años, decenas de miles de migrantes han pasado por el área metropolitana; muchos se han quedado. Una proporción importante lo hace en condición irregular, lo que limita su acceso al sistema de salud.

Desde los servicios asistenciales del municipio se ha evidenciado un patrón recurrente:

– Infecciones respiratorias y enfermedades diarreicas asociadas a hacinamiento.– Atenciones obstétricas de urgencia, incluidos partos sin control prenatal.– Aumento de consultas por ansiedad, depresión y duelo migratorio.– Casos de violencia basada en género, especialmente en mujeres y adolescentes.

Nada de esto es anecdótico. Es la expresión local de una crisis regional.

Acceso tardío y fragmentado

Menos de una cuarta parte de la población migrante logra algún tipo de afiliación al sistema de salud. La mayoría accede únicamente a urgencias.

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Este modelo genera consecuencias conocidas: atención tardía, mayor costo, más complicaciones y menor capacidad de prevención. Desde la salud pública, es una estrategia ineficiente.

Atender solo cuando la enfermedad está avanzada no protege al individuo ni a la comunidad.

Lo que sí se ha hecho: esfuerzos territoriales que cuentan

Es justo reconocerlo: Santander no ha sido indiferente.

Desde la Gobernación y la Alcaldía de Bucaramanga se han impulsado acciones para mitigar el impacto sanitario de la migración: atención de urgencias sin barreras administrativas, fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica, jornadas de vacunación ampliadas, controles materno–infantiles y articulación con cooperación internacional.

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Estas medidas han permitido contener riesgos mayores, evitar brotes de gran magnitud y sostener la respuesta del sistema local. Sin embargo, la presión persiste y exige planificación sostenida, recursos adecuados y visión de largo plazo.

Lo que enseña el mundo: incluir protege

La experiencia internacional es contundente: incluir a la población migrante en las estrategias de salud pública protege a toda la sociedad.

La Organización Mundial de la Salud ha insistido en un principio básico: excluir no reduce riesgos, los amplifica. La atención primaria, la vacunación, la vigilancia epidemiológica y el acceso oportuno son más costo-efectivos que la respuesta tardía y fragmentada.

La salud pública no funciona con muros en un mundo en movimiento.

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El verdadero riesgo: negar la realidad

El mayor peligro no es la migración. Es negarla o abordarla solo desde la emergencia.

Cuando los sistemas de salud no se adaptan a la movilidad humana, se crean condiciones para brotes epidémicos, muertes evitables y tensiones sociales innecesarias. La migración llegó para quedarse, y Bucaramanga no es ajena a esa realidad.

Responder con evidencia, solidaridad y planificación no es solo un acto humanitario: es una decisión inteligente de salud pública.

Cuando una madre cruza una frontera con su hijo enfermo, no trae una amenaza. Trae una oportunidad.

La oportunidad de demostrar si una ciudad entiende que la salud pública es indivisible, que no distingue pasaportes, y que cada persona excluida del sistema es una grieta por donde se filtra el riesgo colectivo.

Porque, cuando la frontera llega al barrio, lo que está en juego no es solo la salud del migrante, sino la salud de todos.

Especial para Vanguardia por Jhonnatan Andrés Acosta Sánchez es médico y cirujano, especialista en Epidemiología. Ha trabajado en vigilancia en salud pública y análisis de riesgos sanitarios a nivel territorial. Es columnista de Vanguardia.

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Publicado por: Redacción Salud

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