Esta realidad tiene una larga lista de causas, entre las cuales se resalta la brecha salarial, la dificultad para lograr un empleo digno y decente.

Con la mirada en un horizonte de desarrollo sostenible, pero con acciones que apenas rozan la superficie, nos ahogamos en un mar de estadísticas, donde la marea de números sube y baja sin conmovernos. Celebramos victorias que se desvanecen y lamentamos caídas que apenas nos rozan, cuando el hambre despierta en las casas de ellas.
Recientemente, el DANE informó que, en Colombia, 31 de cada 100 hogares liderados por mujeres (jefatura femenina) enfrentan la cruel inseguridad alimentaria. Si bien el grito no es de nuestras hermanas, madres, abuelas o hijas, el eco vibrante del número debe conmovernos y llamarnos a la acción. Mientras ellas siguen ocupadas, distraídas e impotentes en un círculo vicioso de la batalla diaria que obliga a que la historia se repita, avancemos.
Esta realidad tiene una larga lista de causas, entre las cuales se resalta la brecha salarial, la dificultad para lograr un empleo digno y decente, la doble jornada como trabajadora y cuidadora sin remuneración, el menor acceso a la tierra, al crédito, a la educación y la tecnología, la responsabilidad de cuidado extendida a los padres y familiares, seguida de la irresponsabilidad de sus parejas, que poco o nada aportan al cuidado de sus propios hijos o, en sus propios roles, no concurren.
Entre las causas no puede quedarse sin mencionar el arraigo cultural, la presión psicológica colectiva y la inercia social, pero la clave y pregunta obligada es: ¿cómo cambiar la realidad?
Dando por sentado que la responsabilidad no es de ellas, sino de la sociedad… del gobierno podemos esperar que invierta decididamente en políticas de cuidado equitativas, en educación sin estereotipos y en programas que catapulten la autonomía económica de las mujeres. De las empresas podemos esperar que entiendan que la equidad no es un gasto y la comprendan como una inversión. Las medidas de equidad de género (flexibilidad horaria, programas de desarrollo enfocados en género y acciones contra la discriminación) no son responsabilidad social ni representan costos adicionales. Estas medidas garantizan retornos tangibles y beneficios a largo plazo para la empresa y la sociedad.
No obstante, el cambio más profundo es el que nace en cada hogar, en cada conversación. Replantear los roles, compartir las cargas, educar con enfoque de corresponsabilidad y desmantelar esos prejuicios que nos limitan a todos y las afectan a ellas… que somos todos. (También recuerden que no hay cuña que más apriete que la del mismo palo).
Vamos a construir soluciones. La corresponsabilidad es el camino para que el hambre deje de tener rostro de mujer en Colombia. Erradicar la pobreza (ODS 1), lograr la seguridad alimentaria (ODS 2), la plena igualdad de género (ODS 5) y, obvio... (ODS 10).












