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Viernes 25 de julio de 2025 - 01:00 AM

La guachafita del Congreso

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Guachafita significa alboroto, aleteo, desorden, bullicio y eso fue lo que pudimos observar en la transmisión televisiva de la apertura del Congreso el pasado 20 de julio.

Lo primero que podemos decir es que el discurso del presidente nos pareció hilvanado, aunque muchas de las cosas que dijo no las compartimos, otras no las creemos y varias terminaron siendo palabras sin hechos que las respalden; si nos pareció excesivamente largo, se había podido decir lo mismo en menos tiempo porque en los discursos largos se pierde la atención y eso lo observamos, pues los congresistas, algunos, no parecían estar poniendo mucho cuidado.

Todo esto hizo que al final la conducta de los parlamentarios fuera propia de un guachafitero; terminaron siendo absolutamente desordenados, caóticos, faltos de la más mínima educación pues este tipo de actitudes constituyen una violación abierta al más mínimo respeto que se debe tener en esta clase de actos públicos poniendo de manifiesto la falta de cultura, respeto, sobriedad y sindéresis que deben tener quienes forman parte de actos de esta naturaleza.

Podemos decir, por lo que vimos, que la inmensa mayoría de nuestros congresistas son una manada de cafres, es decir, malcriados, groseros, irresponsables y temerarios que desconocen el decoro que se debe guardar en relación con la posición que ocupan.

Cuando se acaban los argumentos o se desconocen los valores de las tesis que se van a defender, acudir al grito desaforado, a la pancarta populachera y a la guachafita como método de discusión, se pierde totalmente el norte y lo que finalmente resulta son los errores que luego, quienes si son verdaderamente sensatos, analizan y terminan revocando, produciéndose así una inestimable pérdida de tiempo.

La educación, que es diferente a la información, se aprende en casa y quien no la tiene incorporada en su ADN no puede entender su utilidad y por eso continuaremos teniendo como legisladores un grupo de peones complejos de mantener en orden y compostura.

Decimos o dijimos tener vergüenza ajena de nuestro poder ejecutivo convertido en un nido de bárbaros, pero ahora la tenemos también del poder legislativo, pues nos sentimos en manos de un grupo de personas que desconocen las más elementales normas de la decencia y si para comportase son así, no podemos imaginarnos los criterios personales con que resuelven los conceptos que se les ponen a discusión para dictar las leyes que luego nos aplican y la historia que hemos vivido nos dan la razón.

Analicemos en mano de quienes estamos; es hora de fijarnos bien porque estamos a escasos meses de poder cambiarlo todo y si no lo hacemos perderemos el derecho a reclamarles por su comportamiento.

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