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Martes 27 de enero de 2026 - 01:00 AM

Alas de Mopa. La sombra clandestina

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En Altagracia, la muerte es un desfile de mercería. El dolor se mide en metros de cinta negra comprados en la tienda de la esquina. Si no llevas el trapo en el brazo, no tienes derecho al silencio, ni al café, ni a la tristeza. Eres, por decreto municipal, un ser feliz.

Mateo camina con los brazos desnudos, pero por dentro tiene un cementerio de jazz y tres cubos de azúcar disolviéndose en la sangre. Samuel ha muerto. El mundo dice: “Era solo el vecino”. El mundo es un imbécil que solo cree en los árboles genealógicos y en los sellos notariales.

Mateo no recibió el pésame. Recibió el vacío.

Pero el dolor, que no sabe de burocracia, se le instaló en el hombro: una sombra-cuervo, un parásito de antimateria que no se refleja en los espejos de la gente decente. Una sombra que pesa como un piano de cola cayendo desde un quinto piso.

—“Ya pasó una semana, Mateo. El vecino ya es abono. Muévete”— dice el jefe, ese gran general de la nada.

Mateo no responde. ¿Cómo explicar que se le ha muerto el mapa del alma a quien solo entiende de informes?

En el parque, la realidad se agrieta. Mateo ve la procesión de los Ilegítimos:

Una mujer acaricia un perro de humo que nadie más oye ladrar.

Un joven carga una cuna de aire frío.

Un viejo arrastra las cenizas de una casa que nunca estuvo a su nombre.

Son los proscritos. Los que lloran lo que no poseían según el catastro. Los dueños de las sombras sin permiso.

—“Samuel”— escupe Mateo, y la palabra es un dinamitazo contra el silencio.

—“Canela”— responde la mujer, y el perro de humo mueve la cola.

En ese choque de verdades prohibidas, el plomo se vuelve gas. La sombra ya no es un grillete: es una presencia. Mateo entiende que la cinta negra es para los que necesitan permiso para sufrir; él, en cambio, tiene la libertad del abismo.

Regresa a casa. Saca la foto. No pide perdón por el exceso de amor. Se bebe su café con tres cubos de azúcar mientras el reloj vuelve a marcar la hora del desorden. Altagracia sigue comprando cintas negras, pero Mateo ya es el dueño absoluto de su propia oscuridad.

Reconocer nuestro propio duelo aplazado o no autorizado es un acto de dignidad, y también lo es validar el duelo de quienes han sido juzgados o silenciados. Tal vez decidió interrumpir el embarazo, se ha muerto su amante, falló la adopción o murió la mascota y alguien dijo: “No era para tanto”. Porque ningún dolor merece ser negado, damos la bienvenida a Alas de Mopa, un lugar donde cada duelo puede, por fin, ser reconocido.

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