Con apenas nueve letras y dos palabras, “lo siento” es una de esas expresiones que aprendemos tarde, mal o nunca, pero que puede cambiar la historia de un país.
Paradójicamente dominamos jergas técnicas, slang importado, siglas corporativas, pero cuando se trata de pronunciar esta frase, parece atorarse en nuestras gargantas como piedra. No es falta de capacidad, es un miedo absurdo a perder autoridad, vernos débiles y aceptar que nos equivocamos.
Colombia lleva décadas intentando construir paz hacia afuera —con acuerdos, comisiones y tribunales— mientras hacia adentro, en nuestros hogares, seguimos transmitiendo la misma incapacidad de reconocer un error. El problema no es político, es cultural y empieza en la crianza.

En sociedades donde el orgullo y la fortaleza emocional son sinónimos de éxito, disculparse se asocia a debilidad. Crecimos viendo héroes que nunca se retractaban, líderes que jamás admitían errores y aprendimos que quien pide perdón pierde. En algunas culturas, esto se percibe humillante, reforzando la evasión del conflicto.
Un estudio de Developmental Psychology reveló que quienes fueron educados por padres autoritarios son hasta un 40% menos propensos a pedir perdón de forma espontánea. No nacemos incapaces para disculparnos, lo aprendemos.
Hemos adoptado miradas que normalizan la violencia, generando una base social que avala y justifica decisiones acompañadas por miedo, odio, ira, culpa y orgullo. Eso no ocurrió en las montañas ni en los campos de batalla; ocurrió —y sigue ocurriendo— en las mesas de los hogares colombianos.
De acuerdo con el Registro Único de Víctimas, 10.216.759 personas han sido víctimas del conflicto armado en Colombia. Un país que no aprende a pedir perdón en privado difícilmente sabrá hacerlo en público. La población colombiana ha equiparado, erróneamente, el perdón al olvido; confundimos soltar con rendirse y esto tiene un costo social enorme.
Pero hay evidencia de que el cambio es posible. Los padres y madres con alta inteligencia emocional brindan a sus hijos comportamientos positivos de crianza, transmitiendo calidez mientras controlan sus propias emociones negativas. Dicho de otro modo: los hijos no aprenden a disculparse escuchando sermones, sino viendo a sus padres hacerlo.
La crianza basada en la empatía y la comunicación efectiva genera niños emocionalmente estables, mientras que las directrices carentes de interés generan baja autoestima e inseguridad. Si usted es padre, madre o cuidador, tiene la posibilidad de criar a alguien que sepa equivocarse con dignidad, reconocerlo con valentía y reparar con intención.
El perdón facilita los procesos de cambio, transforma el comportamiento. La paz no se firma; se practica. Y la primera práctica ocurre cuando un adulto mira a un niño a los ojos y le dice: me equivoqué, lo siento.
Eso, en Colombia, todavía es un acto revolucionario.










