Los ánimos se caldean, la gente se exalta, la producción audiovisual se quintuplica, las redes y medios se saturan, las baterías de las estructuras se enfilan y muchos ciudadanos del común, un poco hastiados, con su decisión tomada, exacerban sus sentimientos más primarios. El segmento de indecisos que todos añoran es la cereza del pastel, pero temo que el pastel está repartido y poco se modificarán las porciones en estas últimas horas.
Lamentablemente, estas campañas han sido muy complejas. Más ataques que propuestas, lo cual a mí, personalmente, me molesta muchísimo. Más confrontación que contradicción. Más descalificación que valoración. Pienso que las heridas quedarán tan profundas que la recuperación va a ser más difícil de lo que muchos imaginan. Perdimos una oportunidad maravillosa de conocer mejor la visión general y las propuestas específicas de los candidatos y, en dicha ausencia, le dimos espacio al espectáculo y a expresiones poco racionales y menos generosas. Sin contradicción es imposible conocer la solidez y coherencia de las propuestas.
En medio de tantos mensajes recibidos me pregunto: ¿Cuándo va a desaparecer esa barrera invisible que impide que las mujeres ascendamos a cargos de mayor poder y responsabilidad? Tenemos la capacidad, el coraje y la contundencia para liderar. No hay una ley o norma que exprese que las mujeres no podemos llegar, pero hay estereotipos que nos impiden hacerlo y se aprovechan más nuestras capacidades en los cargos medios, con responsabilidades pero sin autonomía, o en la retaguardia, o quizás ni siquiera allí. ¿Mejor en la pasarela solamente? ¿Mejor que nos digan divinas, pero calladitas se ven más bonitas?
Colombia está llena de machismo, misoginia, homofobia y exclusión. Yo lo viví en campaña: esa mirada incrédula, ese comentario burlón, esa sátira sexista. Obviamente no se trata de entregar el voto a cualquier mujer o solo por el hecho de ser mujer, pero lo cierto es que, aun exhibiendo altas capacidades en el servicio público, determinación férrea y hoja de vida honorable, nunca hemos tenido la oportunidad de demostrar que podemos enfrentar con efectividad y contundencia el reto de dirigir el país.
Sé que los estrategas políticos aprovechan la posible vulnerabilidad femenina ante campañas negras, pero no es justo que por ello cuestionen de paso la capacidad de mandar y enfrentar los problemas, cuando evidentemente la mujer tiene posturas menos flexibles ante la injusticia o el delito, y sí, tenemos derecho a ser bravas cuando toca, pero también dulces y sensibles cuando la situación lo amerita.
Quienes me conocen saben que no soy feminista misándrica y que defiendo, ante todo, la igualdad, por eso, cuando estén allá solos(as) en el cubículo, les propongo pensar: ¿Por qué no? ¡Podemos romper ese techo de cristal!












