Publicidad

Columnistas
Lunes 12 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Gabriela Pinilla

Compartir

Augusto, mi amigo poeta, sabe leer el Tarot, conoce su magia y el dolor que causa. Sabe que nació en el norte de Italia o en Francia como juego de mesa y que se convirtió en una herramienta de adivinación y autoconocimiento en las primeras décadas del siglo XIII, cuando los mercaderes del Mediterráneo recorrieron con Marco Polo la extensa Ruta de la Seda por China, Persia y África, y trajeron entre sus pertenencias el primer mazo de cartas conocido en Occidente, llamado Mamluk. Otros dicen que se trataba del verdadero libro sagrado del dios egipcio Thot. Otros, que su origen era islámico y que estaba organizado en cuatro palos; después se incorporó un quinto: los triunfos. Estos, dice, son los 22 arcanos mayores del Tarot. Alejandro Jodorowsky señala símbolos cristianos, referencias a la Cábala judía (los 10 botones de la pechera de El Colgado equivalen a las 10 sefirot del Árbol de la Vida, donde está el mapa de la Creación con sus 22 senderos) y también a la tradición iniciática musulmana, con el 9 como número sagrado. Dejó de leerlo desde que Laura Zuleta, su mujer, le pidió que lo hiciera en una cena familiar y apareció La Muerte, el Arcano XIII: su suegro murió al poco tiempo. Todo eso lo sabe el poeta, este hombre del Renacimiento, lector de la Cábala, la Torá, el Talmud y cientos de libros y escritores del mundo. Quiso abarcarlo todo, menos la vanidad y la arrogancia, menos el poder, menos la política. Ese conocimiento, despreciado por los racionalistas, esos que añoraron el Paraíso como promesa en este mundo. Es experto en el I Ching o Libro de los Cambios, el texto clásico más antiguo de la filosofía y la adivinación chinas, donde todo se cumple. Sigue escribiendo, no descansa. Es su bendito oficio, acompañado de vino. Es un hombre que, si uno se lo encuentra, lo eleva y lo hace soñar. Es una fortuna encontrarlo en este mundo tan plano y tan triste. Rutinario. Esta columna es para mostrar la lucha contra esa masificación.

Todo esto para hablar de su hija Gabriela Pinilla Zuleta, muralista, acuarelista, escritora que está trazando la historia de Colombia con sus libros escritos e ilustrados por ella, fruto de su arte, de su investigación y de su pluma, como el que acabo de leer: No hay amor sin libertad, sobre la vida triste y valiente de Manuela Sáenz, la adorada del Libertador, que murió en Paita, Perú, de difteria, en 1856. Su casa fue quemada con las cartas de Bolívar. Desterrada de Colombia, mujer adelantada a su tiempo, recorrió los campos de batalla de la Independencia junto a sus amigas negras Jonatás y Natán. “Ni dónde estaba ahora el polvo de sus huesos”, escribió Pablo Neruda en «La insepulta de Paita».

Otros libros: Maria Cano, Roja muy roja (2017), De la vía armada a la vía láctea, que reúne dibujos y caricaturas de Joe Broderick, La sotana y la espada (2019), sobre Camilo Torres Restrepo, y Entre agua y raíces: las luchas de la Chiqui en las montañas del Chocó. Ganadora del Premio Arte Acoplásticos (2025) y del Premio de Exposiciones de la Galería Santafé. Se ha hecho merecedora de múltiples reconocimientos con su trabajo disciplinado y paciente. Hay que leerla porque ella nos dice la verdad y no maquilla la historia de nuestro país ni la cambia.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día