Hoy, millones de ciudadanos acudiremos a las urnas para elegir quién ocupará la Presidencia de la República durante los próximos cuatro años. Pero esta elección trasciende el nombre de un candidato. Lo que realmente estamos decidiendo es el rumbo del país y el modelo de sociedad que queremos construir para las próximas generaciones.
Por eso, gane quien gane, hoy nos enfrentamos a una despedida.
Por una vía, nos despedimos de un gobierno nefasto que prometió reconciliar al país y terminó profundizando las divisiones, debilitando la confianza institucional y premiando a los criminales mientras castigaba a quienes producen, trabajan, emprenden y generan empleo. Un gobierno que convirtió la confrontación permanente en una forma de hacer política y que normalizó la cercanía con quienes durante décadas sembraron violencia en Colombia.
Por la otra, nos despedimos de la Colombia que hemos conocido durante décadas. Una nación imperfecta, sin duda, pero construida sobre la democracia, la separación de poderes, la iniciativa privada y las libertades individuales. Una Colombia donde las instituciones limitan el poder y donde el esfuerzo sigue siendo el principal camino hacia el progreso.
Hoy me levanté temprano con la ilusión de que terminaremos el día celebrando el triunfo de la sensatez. Voy a votar pensando en mis hijas y en el país que heredarán. Quiero que puedan crecer en una Colombia donde el trabajo, el mérito y la disciplina sigan siendo valores respetados. Una Colombia donde los jóvenes encuentren oportunidades para construir su proyecto de vida sin depender de la “generosidad” del gobierno.
También espero que mañana podamos comenzar una nueva etapa en la que las decisiones públicas vuelvan a estar guiadas por criterios técnicos y no por la ceguera ideológica. Un gobierno que entienda que la seguridad es condición para la paz, que la empresa privada es indispensable para el desarrollo y que los recursos públicos deben administrarse con responsabilidad.
Quienes leen esta columna saben que durante años he insistido en la necesidad de construir desde las diferencias y de encontrar puntos de encuentro alrededor de los grandes desafíos nacionales. Pero hay momentos en los que la neutralidad deja de ser una virtud y se convierte en una forma de renuncia. Este es uno de ellos.
No desconozco los riesgos. Me preocupa profundamente lo que pueda ocurrir entre hoy y el próximo 7 de agosto si el actual gobierno y su movimiento político son derrotados en las urnas. Sin embargo, la esperanza es más grande que el temor. La esperanza de recuperar la autoridad legítima del Estado, la confianza en las instituciones y el respeto por quienes estudian, trabajan, emprenden y producen.
Hoy no es un día para la indiferencia. Salga a votar y hágalo con plena conciencia de lo que está en juego. Solo existen dos opciones, y el voto en blanco no representa ninguna de ellas. Hoy es nuestra despedida. Hoy los colombianos elegiremos cuál de las dos queremos vivir mañana.












