La vida de una mariposa parece sencilla cuando se observa desde lejos. Nace, cambia, rompe su encierro y finalmente abre las alas para lanzarse al aire. Sin embargo, detrás de ese vuelo existe un proceso complejo: resistencia, transformación y tiempo. Tal vez por eso la metáfora resulta inevitable cuando se mira la etapa que vive el país. También nosotros parecemos atravesar una crisálida incómoda, atrapados en un tiempo de incertidumbre, esperando entender hacia dónde debemos volar.
La situación nacional deja pocas razones para el optimismo. Muchos ciudadanos observan con preocupación un gobierno devastador, marcado por escándalos, decisiones cuestionadas y una creciente sensación de crisis. A ello se suma una percepción cada vez más extendida: la idea de que el país está siendo conducido por personas que, para muchos, no han demostrado la capacidad suficiente para responder a los problemas que enfrentan millones de colombianos. La inseguridad, la polarización y la desconfianza parecen ocupar más espacio que las soluciones.
Mientras esa realidad golpea a diario, se aproxima otro momento decisivo: las elecciones. Ahí surge la verdadera pregunta: ¿hacia dónde vamos a volar? Porque un país también puede perder el rumbo cuando se deja llevar por emociones pasajeras, por discursos vacíos o por la costumbre de elegir sin memoria.
Ya hemos visto que, para algunos sectores, el candidato del “más de lo mismo” parece haber encontrado su techo político y no le alcanzaría para llegar al poder. Al mismo tiempo, han surgido otras voces y liderazgos que buscan abrirse espacio en una contienda que será decisiva. El país ha empezado a expresarse: plazas llenas, ciudadanos participando y una opinión pública que parece querer algo distinto.
La candidata Paloma Valencia, en una entrevista reciente, dejó para muchos la impresión de ser una dirigente con programa, argumentos y propuestas para enfrentar los problemas nacionales. Y junto a ella aparece Abelardo de la Espriella, una figura que ha movido la opinión pública y que sus seguidores presentan como un carácter fuerte, un “tigre” dispuesto a enfrentar la debacle de un país en crisis, con capacidad, conocimiento y determinación.
Pero, más allá de nombres y preferencias, la discusión de fondo sigue siendo la misma: el futuro de Colombia. No podemos comportarnos como una mariposa desorientada que abre las alas sin conocer la dirección del viento. Volar por volar también es una forma de extraviarse.
Y si toca volver a los huevos de nuestra mariposa, a ese origen donde aún viven la esperanza y la posibilidad de comenzar de nuevo. Porque tener alas no basta; hace falta criterio para elegir el rumbo. Este país necesita mano firme y carácter decidido, como —según sus seguidores— lo ha mostrado Abelardo de la Espriella. El futuro de los colombianos también depende de saber hacia dónde decidimos volar.












