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Sergio Arenas
Lunes 16 de septiembre de 2024 - 01:03 AM

La cara real del cambio

El proyecto político de Petro se había vendido como una opción para reconciliar un país profundamente dividido, donde el acceso a derechos fundamentales seguía siendo un privilegio para unos pocos.

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Lejos de los ideales sociales y de igualdad por los que más de 11 millones de colombianos votaron en las elecciones presidenciales, el mandato de Gustavo Petro parece haberse desviado de sus promesas iniciales de un cambio transformador. La promesa era clara: un gobierno que rompería con los ciclos de exclusión, violencia estructural y desigualdad. Sin embargo, a dos años de su elección, nos encontramos con un gobierno que ha sucumbido a la misma polarización de la que prometió alejarse, dejando en el aire la sensación de que el cambio que se necesitaba ha quedado atrapado únicamente en la retórica.

El proyecto político de Petro se había vendido como una opción para reconciliar un país profundamente dividido, donde el acceso a derechos fundamentales seguía siendo un privilegio para unos pocos. Pero lo que comenzó como una promesa de inclusión, se ha transformado en una batalla constante para deslegitimar a cualquier oposición, distorsionando el debate público y afianzando más las trincheras ideológicas.

El problema reside en la estrategia misma de su gobierno. En lugar de buscar consensos amplios, Petro parece haber optado por un estilo de gobernanza que fragmenta aún más el tejido social colombiano. En cada desacuerdo, en cada enfrentamiento con sectores opositores, su administración adopta una postura defensiva, tachando de enemigos a quienes critican sus políticas o ponen en duda su capacidad de liderazgo. Se desvirtúan voces críticas en el Congreso, en la academia y en los medios, con etiquetas simplistas que reducen el debate a una lucha de “ellos contra nosotros”.

Esto no significa que Petro no haya intentado ejecutar políticas progresistas, pero muchas de estas iniciativas han chocado con una realidad política que requiere de negociación y compromiso. En vez de reconocer los límites del poder, la respuesta ha sido culpar a los sectores opositores de cada obstáculo que enfrenta el gobierno. Los enemigos del cambio son señalados, y las soluciones reales pasan a un segundo plano.

Lo más preocupante de este enfoque es que refuerza la idea de que, en Colombia, la historia es una serpiente que se muerde la cola. Los ciclos de división, confrontación y estancamiento se repiten, sin que el país avance hacia el consenso necesario para enfrentar los verdaderos retos estructurales. A dos años de su elección, el legado de Petro parece inclinarse más hacia la polarización que hacia la reconciliación. Colombia sigue siendo un país profundamente desigual, pero ahora también más dividido ideológicamente. La pregunta que queda es si Petro será capaz de cambiar el rumbo, o si su gobierno será recordado como otro capítulo en la larga lista de promesas incumplidas. En dos años, la respuesta será más evidente, si es que aún no lo es.

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