Colombia tiene normas suficientes para regular el funcionamiento de los negocios nocturnos, el consumo de alcohol, el porte de armas y la respuesta policial. El problema es que esas normas se burlan. Los locales extienden horarios, sobrepasan aforos y sirven alcohol a menores; las autoridades hacen la vista gorda.
Publicado por: Editorial
uUna vez más, la noche en Cabecera terminó teñida de sangre. Un joven ingeniero quedó muerto en la calle, víctima de una riña que pudo evitarse, pero que se repite como un guión macabro en esta zona de negocios nocturnos. Las imágenes difundidas en redes sociales muestran el descontrol, la brutalidad y, sobre todo, la indiferencia que permite que estas tragedias sigan ocurriendo.
No es la primera vez, la ciudad lleva años discutiendo el mismo problema, creado por algunos establecimientos que operan al límite de la ley, o fuera de ella, autoridades que prometen acciones contundentes pero desaparecen tras los titulares, y una ciudadanía que, entre indignada y resignada, ve cómo la situación no varía y sólo quedan los acuerdos incumplidos, los operativos fracasados, las mesas de trabajo infructuosas.
Y no es que este sea un problema de vacíos legales. Colombia tiene normas suficientes para regular el funcionamiento de los negocios nocturnos, el consumo de alcohol, el porte de armas y la respuesta policial. El problema es que esas normas se burlan. Los locales extienden horarios, sobrepasan aforos y sirven alcohol a menores; las autoridades hacen la vista gorda o actúan solo cuando el daño ya está hecho; y la incultura ciudadana muchas veces normaliza el desorden como parte del ‘ambiente’.
Pero cuando la permisividad se impone, la violencia se convierte en ‘una forma de ser’, que pudo ser lo que ocurrió este lunes en la madrugada, cuando una discusión pasó a los golpes, y luego terminó con un joven profesional perdiendo la vida en medio de un caos que debió contenerse. Nadie previno, nadie controló. Los establecimientos nocturnos deben asumir su parte. No basta con firmar códigos de conducta si luego no hay autorregulación sobre horarios, venta responsable de alcohol y colaboración real con las autoridades, que son simplemente los mínimos éticos.
Las autoridades administrativas y de policía están obligadas a actuar con respeto, pero con firmeza y continuidad, no solo con operativos esporádicos. Se necesita presencia constante, sanciones ejemplares a locales o individuos infractores y un plan de seguridad real. Las personas que acuden a estos negocios también deben comportarse, pues el consumo irresponsable, la intolerancia, la violencia al resolver conflictos y la complicidad con el desorden los hacen parte del problema.
En cuanto a este crimen, debe investigarse con celeridad y transparencia, pues los responsables deben pagar por sus actos, existiendo ya un capturado que ha sido puesto a disposición de las autoridades judiciales.
Queda claro una vez más que la situación está fuera de control en Cabecera, pues pocas cosas pueden ser más graves que la que acaba de ocurrir. El joven ingeniero muerto podría ser cualquiera de nosotros, un hermano, un vecino, un compañero de trabajo, hoy es el dolor irreparable de una familia.
Por esto es que debemos como comunidad exigir soluciones concretas a la situación: cierres definitivos a quienes incumplan; presencia policial efectiva y constante; campañas de cultura ciudadana que desnaturalicen la violencia y fomenten una sana diversión, control del ruido, atención a los acuerdos con una comunidad que ha sufrido y exigido por años que se le cumpla, se le proteja y se le respete.











