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Editorial
Martes 07 de julio de 2026 - 01:00 AM

Muy poca defensa frente a El Niño

Publicado por: Editorial

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La inminente y cada vez más evidente manifestación del fenómeno de El Niño será un severo examen a la planificación y la previsión de las ciudades en buena parte del mundo y, en Bucaramanga, la llegada de este evento cíclico, con su amenaza de temperaturas abrasadoras y sequías prolongadas, nos enfrenta con una debilidad que hemos denunciado repetidamente en Vanguardia, como lo es la acelerada reducción de nuestros espacios verdes. La falta de árboles y de sombra que refresque el ambiente determinará la intensidad del próximo embate de calor extremo.

Según cifras oficiales, el promedio de espacio público efectivo por habitante en Bucaramanga escasamente llega a 4,5 metros cuadrados, una cifra que está muy lejos de los estándares internacionales recomendados por la Organización Mundial de la Salud y ONU-Hábitat, que fijan un mínimo aceptable de 10 metros cuadrados y un ideal de 15 por persona. Es decir que estamos muy por debajo de la mitad del mínimo vital para garantizar una calidad de vida urbana digna y saludable, y esto se convierte en una gran vulnerabilidad cuando el termómetro comienza a subir.

La combinación de una escasa arborización y un bajo índice de espacio público puede considerarse como una preocupante debilidad frente a la exigencia ambiental y de salud que se avecina con el fenómeno de El Niño, pues la ciudad, conformada en gran parte por cemento y asfalto, se comporta como una gigantesca plancha que absorbe y acumula la temperatura, generando el efecto de “isla de calor”, y, sin la refrigeración natural que la sombra de los árboles provee a través de la evapotranspiración, el aire se vuelve seco, pesado y sofocante, convirtiendo nuestras calles en hornos gigantescos.

Esto significa, entre otras cosas, que los niños, los ancianos como población más vulnerable y quienes deben trabajar a la intemperie estarán expuestos a un riesgo elevado de sufrir golpes de calor y deshidratación severa, además de que la ausencia de un manto verde que filtre las partículas contaminantes, sumada a la disminución de lluvias característica de El Niño, agravará los problemas respiratorios. Tampoco es despreciable el hecho de que la falta de espacios verdes y el calor constante elevan el estrés y la ansiedad, afectando la salud colectiva de manera silenciosa, pero significativa.

Por otra parte, la falta de cobertura vegetal alrededor de nuestras microcuencas acelera la pérdida de agua por evaporación, justo en el momento en que más la necesitamos. Este mismo fenómeno pone en riesgo la frágil fauna urbana, que ve destruidos sus hábitats y sus fuentes de sustento, todo lo cual crea un ciclo fatal que empobrece el ecosistema y nos deja desprotegidos ante la cercana arremetida de la sequía.

El costo económico de esta negligencia de décadas se hará sentir con crudeza en los bolsillos de los ciudadanos, pues el aumento del calor disparará el consumo de varios servicios públicos, pero quizás las mayores consecuencias a largo plazo serán sociales, porque, si los parques y plazas son espacios de cemento abrasador, la gente se limitará cada vez más a sus residencias, adelgazando el tejido social que se elabora con la interacción al aire libre. En otras palabras, la vida comunitaria, pilar de una ciudad, desaparece junto con los árboles que dejamos de plantar.

Publicado por: Editorial

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