Aunque ambas buscan formas de producción más sostenibles, parten de enfoques diferentes. La clave, plantea este análisis, está en comprender el suelo, sus condiciones y las necesidades de cada cultivo antes de decidir qué aplicar.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, El Campo en Tacones
En Colombia, los términos orgánico, ecológico y biológico se utilizan dentro de una misma regulación para la producción ecológica. Pero agricultura orgánica y agroecología no significan lo mismo.
La agricultura orgánica es un sistema de producción regulado. El productor debe cumplir normas sobre las prácticas e insumos que puede utilizar. Puede adquirir insumos externos autorizados y puede especializarse en un solo cultivo.
La agroecología tiene otra mirada. No se limita a reemplazar un insumo de síntesis química por uno natural. Busca transformar la manera de producir y entender la finca como un agroecosistema, donde interactúan suelo, agua, plantas, animales, microorganismos y biodiversidad. Busca reciclar nutrientes y biomasa, conservar la materia orgánica, favorecer las interacciones biológicas, aumentar la diversidad y reducir la dependencia de recursos externos.
El término agroecología comenzó a utilizarse en 1928 y tomó fuerza como campo científico durante las décadas de 1970 y 1980. En 1962, Rachel Carson puso en el centro del debate público los efectos ambientales del uso indiscriminado de pesticidas con Primavera silenciosa.
En Colombia, Carmen Cecilia Rivera y Tomás León Sicard reconstruyeron parte de esta historia en una investigación publicada en 2013 por la Universidad Nacional. Su trabajo documenta la gestación y difusión de experiencias agroecológicas desde finales de los años ochenta, inicialmente vinculadas a las agriculturas alternativas y a la agricultura ecológica.
Para Miguel Altieri, la transformación tampoco consiste en cambiar un producto por otro, sino en rediseñar el agroecosistema mediante el reciclaje de nutrientes y biomasa, la materia orgánica, la biodiversidad y las interacciones biológicas, disminuyendo la dependencia de insumos externos.
La agroecología va mucho más allá de reemplazar insumos químicos por productos naturales. Un simple análisis de suelo demuestra por qué aplicar preparados populares sin conocer la tierra puede resultar inútil o incluso perjudicial para los cultivos.
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Esta misma visión aparece en el TAPE de la FAO, explicado en el artículo anterior, que evalúa la agroecología desde diez elementos: diversidad, sinergias, eficiencia, resiliencia, reciclaje, conocimiento, valores humanos y sociales, cultura, gobernanza y economía circular y solidaria.
Pero quiero contar una experiencia que tuve mientras enseñaba agroecología.
En una clase, uno de los alumnos llevó el análisis de suelo de su finca. Yo iba a enseñarles cómo elaborar un bokashi y un caldo sulfocálcico, pero el análisis me hizo detenerme y pensar: ¿realmente esas recetas son apropiadas para ese suelo y para ese cultivo?
El análisis mostraba un suelo alcalino, con un contenido elevado de calcio y azufre.
Si la receta del bokashi indicaba ceniza, la pregunta ya no era cuánto agregar, sino: ¿ese suelo realmente necesita ceniza?
La ceniza de madera contiene calcio, potasio y magnesio y tiene un efecto alcalinizante. Puede ser útil en determinados suelos ácidos. Pero ¿será útil en un suelo alcalino con un contenido elevado de calcio? Solo porque aparece en una receta no significa que responda a su necesidad.
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Entonces surgió otra pregunta: ¿qué ocurriría con el caldo sulfocálcico?
Es un excelente recurso para el manejo de ácaros y otros problemas fitosanitarios, especialmente en cítricos, como los que tenían en esa finca. Pero si el suelo ya presenta un contenido elevado de azufre y calcio, debemos diferenciar su función fitosanitaria de su aporte nutricional.
Y algo más: que el análisis muestre azufre no significa que la planta pueda aprovecharlo. Su disponibilidad depende de la forma en que se encuentra y de las condiciones del suelo.
Ahí apareció la verdadera lección: el problema no era el bokashi ni el caldo sulfocálcico. El problema era creer que una receta podía ser buena para cualquier cultivo simplemente porque es orgánica o ecológica.
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Todos los cultivos necesitan 17 nutrientes esenciales: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre, hierro, manganeso, zinc, cobre, boro, molibdeno, cloro y níquel.
Pero no los necesitan en las mismas cantidades ni proporciones, ni los extraen de la misma manera.
El café tiene una demanda importante de nitrógeno y potasio. El cacao necesita un suministro equilibrado de nitrógeno, fósforo y potasio, además de calcio y magnesio. La caña de azúcar extrae grandes cantidades de nutrientes por su producción de biomasa, especialmente nitrógeno y potasio. La palma de aceite también tiene una demanda importante de nitrógeno y potasio, además de nutrientes como magnesio y boro.

Por eso no basta con decir que el café necesita potasio o que el cacao necesita nitrógeno. Hay que conocer el suelo y cuáles son sus verdaderas necesidades, porque un elemento puede estar presente y no estar disponible para la planta.
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Si pudiéramos hacernos pequeños y entrar en el suelo, veríamos los espacios que quedan entre las partículas minerales y la materia orgánica, y cómo allí circulan y se almacenan el agua y el aire. Observaríamos las raíces creciendo a través de esos espacios, mientras en la zona que las rodea se desarrolla una intensa actividad microbiana: allí se transforma la materia orgánica, se movilizan nutrientes y ocurren interacciones que sostienen la vida de las plantas.
La raíz no solamente crece en el suelo; también modifica el suelo que la rodea.
Podríamos observar aquello que hoy conocemos a través de un análisis: el pH, la conductividad eléctrica y la capacidad de intercambio catiónico.
Lo que para nosotros son números, allí son procesos.
La agroecología es sumergirse en ese mundo que no vemos. Es entender que el suelo no es una bolsa donde simplemente agregamos cosas. Es un universo vivo.
Y frente a la modificación y el empobrecimiento de los ecosistemas naturales que hemos causado, necesitamos sistemas de producción capaces de reciclar nutrientes, conservar los recursos y construir una agricultura sustentable y resiliente.
Una finca agroecológica puede producir sus propios bioinsumos, conservar semillas criollas y adaptadas, asociar cultivos, reciclar residuos y aprovechar los recursos del territorio. Pero ninguna de estas prácticas, por separado, hace agroecológica una finca.
Saber preparar un bokashi no es saber hacer agroecología. Saber preparar un caldo sulfocálcico tampoco.
La agroecología no trabaja con recetas universales; trabaja con conocimiento del territorio.
La agroecología no consiste en cambiar insumos sintéticos por insumos naturales y seguir aplicándolos como recetas. Consiste en conocer el suelo y tomar decisiones.
Por eso, para mí, orgánico y agroecológico no son dos formas de hacer lo mismo. Son dos estilos de agricultura diferentes.
Y yo me quedo con la agroecología, porque encierra una conexión más intrínseca entre producir y el compromiso que debemos asumir como agricultores y ganaderos: respetando la naturaleza.














