Opinión de Gissela Arias González.
Algunos se extrañarán de que esta columna sea publicada semanas después del día de la mujer. Algunos considerarán que ya no es pertinente ni necesaria. Otros, como yo, reconocemos que las luchas de las mujeres se dan todos los días y, por tanto, así también debería ocurrir su conmemoración. La mejor manera de conmemorar el día de la mujer es entender que se trata de un reconocimiento a la lucha que por años han gestado las mujeres para asegurar la vigencia plena de sus derechos.
Aunque para ese momento algunas mujeres valientes habían empezado a alzar sus voces de reclamo por la igualdad, el 8 de marzo de 1908 marcó un hito en la lucha de los derechos de las mujeres. En la ciudad de Nueva York, cerca de 120 mujeres murieron en el incendio de una fábrica textil mientras hacían una huelga reclamando mejores salarios y una reducción de la jornada laboral. En respuesta, su empleador ordenó dejarlas encerradas en las instalaciones de la fábrica como un mecanismo para reprimir la protesta. El humo que salía del incendio era color morado, de allí que ese color sea tan distintivo de las causas de género.
Ese y otros hechos justifican el reconocimiento que – solo hasta 1978 – hizo la Organización de las Naciones Unidas de la fecha del 8 de marzo como el día en el que se honraría el respeto por los derechos de las mujeres, y el compromiso de garantizar su acceso a la educación y el empleo, y la igualdad en términos de remuneración, de crecimiento y de parámetros para la evaluación de su trabajo.
Los estereotipos de género son creencias arraigadas y preconcebidas sobre cómo deberían comportarse, actuar o ser las personas en función de su género, y estos estereotipos afectan desproporcionadamente la equidad de las mujeres. Algunos de estos estereotipos incluyen la idea de que las mujeres son inherentemente menos capaces en campos como la ciencia o el liderazgo; la expectativa de que las mujeres deben ocuparse principalmente de las tareas domésticas y el cuidado de la familia; y la percepción de que las emociones y la sensibilidad son características exclusivas de las mujeres.
Por eso, mi llamado es a que esta conmemoración nos recuerde de manera permanente que en el ámbito laboral, las mujeres deben ser reconocidas y evaluadas desde sus capacidades, méritos y resultados. Que la sociedad entienda que las mujeres también pueden desempeñar con éxito labores que tradicionalmente han realizado los hombres, y viceversa. Que las labores de cuidado nos vienen bien a todos, hombres y mujeres, porque se trata de una tarea compartida. Que todos y cada uno de los oficios y trabajos realizados por las mujeres deben desempeñarse en condiciones justas, equitativas y libres de violencia.
Que esta sea la nueva normalidad, un propósito colectivo, y que su conmemoración, como un mecanismo de visibilización, sea de todos los días. Mujeres: el día de la mujer lo hacemos nosotras todos los días, cada vez que salimos a ganarnos un espacio. Cada vez que una mujer gana, rompe un techo de cristal o se destaca, ganamos todas.
Por: Gissela Arias González











