Hay domingos en los que hay que salir a ver la auténtica vida que aún nos deja la ciudad. Esa vida que se reinventa en festivales y encuentros humanos, en la risa y los abrazos, en lo que nos toca el alma con su humildad: la cultura popular, el arte y la “ecología en Bucaramanga y sus municipios rurales”.
Es un encuentro humano, demasiado humano, entre lo urbano y lo rural, patrocinado por Fundaexpresión, una organización que impulsa y estrecha los lazos entre la ciudad y ese mundo que se resiste a desaparecer: el de la cultura gastronómica y campesina, tan auténtica y sencilla.
Campesinos de Cachirí, Tona, Santa Cruz, Matanza y Santa Bárbara llegan con las manos curtidas por el trabajo y el alma arraigada a la tierra. Agarrados al azadón y al machete, nos muestran un vínculo con la naturaleza que trasciende lo material, un amor profundo por los bosques, el cielo, el agua y el aire puro. Traen consigo un pedazo de sus casas y el calor de sus cocinas.

Con sus variados productos —sus mieles, cremas para el dolor, papas de mil formas, hortalizas, mazorcas, mantequillas, cuajadas, cacaos, bollos de mazorca, moras, granadillas, masatos, platos de gallina y hasta aguardiente destilado en alambiques de cobre— nos recuerdan que esa es la tierra nuestra, la que aún resiste, la que no cede ante el avance de la modernidad.
Invitan al ciudadano a mirar hacia el campo, a reencontrarse con el trabajo y el esfuerzo, como aquel anarquista español que vivió en La Cumbre. Decía que “no había vivido de nadie”, que nunca explotó a nadie, que construyó su casa con sus propias manos campesinas, llegadas desde Asturias junto a su mujer, Trini. Ya debió morir, pero hombres como él deberían vivir mil años. Como decía Zorba el griego: “He hecho muchas cosas en la vida, pero aún me faltan bastantes. Los hombres como yo deberían vivir mil años”.
Toda esa alegría sucedió en el barrio La Joya, frente a la iglesia, este domingo que amenazaba lluvia.
No todo está perdido en Bucaramanga. Festivales como este devuelven a la ciudad el sabor de la tierra, el color del campo y el valor de lo elemental. Porque en cada panela, en cada mazorca, en cada historia contada con las manos, late la memoria viva de Santander, esa que se niega a morir mientras haya un campesino libre sembrando, y un pueblo dispuesto a celebrarlo y recibirlo.










