Mientras el fenómeno de El Niño seca los caudales de Santander, más de 12 municipios sufren el colapso de sus sistemas de acueducto. En Vélez llevan casi un mes sin servicio de red y sobreviven con carrotanques insuficientes, revelando que detrás de la sequía hay décadas de promesas incumplidas, mala gestión de recursos y obras estancadas por más de $32.000 millones.

Publicado por: Katterine Dimas
El grifo gira, pero no ocurre nada. No hay el golpe de agua contra el lavaplatos, ni el sonido de una ducha comenzando a llenar el baño. En varios municipios de Santander, abrir la llave se ha convertido en un ejercicio de espera y resignación.
“Estamos mendigando agua, llenando, literalmente, los tanques de las casas con lágrimas. Se les olvida que el agua es un derecho fundamental, un derecho que hoy está siendo vulnerado”. Así describe Jaime Santamaría, habitante del municipio de Vélez, la situación que él y otros 27 mil veleños están sufriendo debido al racionamiento de agua.
Vélez se suma, y encabeza la lista por ser el territorio con la situación más crítica, a otros 11 municipios de Santander que están presentando afectaciones por la falta de agua. Málaga, Barichara, Socorro, Zapatoca, Aratoca, Barbosa, Cabrera, Villanueva y Guadalupe, Oiba y Capitanejo son los otros municipios donde el líquido vital no llega con normalidad a los hogares santandereanos.

La razón, la disminución prolongada de las lluvias y el impacto directo del fenómeno de El Niño han secado los nacimientos de agua y reducido al mínimo la disponibilidad en los sistemas de acueducto. Sin embargo, en municipios como Vélez y Barichara la situación, sumado a lo anterior, obedece a décadas de promesas incumplidas de garantizar agua potable continua en estos territorios, un problema que se arrastra desde hace generaciones y que persiste pese a millonarias inversiones fallidas es una crisis estructural y recurrente que ha afectado la calidad de vida y la economía de sus habitantes.
“Esto no es solamente un tema del fenómeno de El Niño”, expresa Hernán Clavijo, director de la Agenda Estratégica del Agua en ProSantander. Se trata, explica, de municipios “que históricamente han estado afectados por escasez de agua”, una condición que ahora se agrava porque las altas temperaturas disminuyen todavía más el caudal de las fuentes.
Vélez, donde el agua dejó de salir por la llave
En Vélez la emergencia ya dejó de ser una advertencia.
Miguel Ángel Peña Daza, agente especial y gerente de Emprevel (Empresa Municipal de Servicios Públicos Domiciliarios de Vélez), describe una red que parece librar una batalla contra el tiempo. El municipio tiene cuatro nacientes que históricamente han aportado agua al sistema, pero una está fuera de servicio y las restantes han reducido considerablemente sus caudales.
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“Realmente no hay agua para tratar”, resume Peña Daza. La única línea que actualmente aporta algún caudal, Pozo Verde, tiene entre 50 y 60 años, recorre aproximadamente 14,5 kilómetros y atraviesa terrenos particulares y zonas expuestas a movimientos en masa.

Una creciente desplazó cerca de 60 metros de tubería. Después del daño, registrado a finales de junio, los problemas continuaron. La empresa contabiliza alrededor de nueve rupturas posteriores, obligando a sus trabajadores a recorrer kilómetros para encontrar las fallas, muchas veces excavando para localizar una tubería enterrada.
Esta situación ha llevado a que los veleños completen casi un mes sin recibir agua. El servicio por la red pública tuvo que ser suspendido porque el volumen disponible no alcanza para tratar y distribuir el líquido con regularidad. Los carrotanques se convirtieron entonces en una especie de acueducto sobre ruedas.
Pero tampoco sobran. Vélez llegó a contar con cuatro vehículos para atender la emergencia. Sin embargo, actualmente, “solo tenemos dos, porque uno fue enviado nuevamente a Bucaramanga y otro no está disponible de manera permanente”, agrega Peña Daza.
Para Jaime Leonardo Santamaría, habitante del municipio, resulta preocupante y difícil de aceptar la situación que atraviesa Vélez desde hace décadas. Asegura que el problema radica en la gestión que se la ha dado al recurso y en la falta de soluciones estructurales. La escasez del líquido vital termina afectando colegios, universidades, hospital, comercio, agricultores, ganaderos y hasta la producción de bocadillo, uno de los símbolos económicos de la región.
“No es porque no haya agua en Vélez. (...) Aquí hay mucha agua, pero los recursos no se gestionan como deben. Entonces, si uno abre el grifo de las casas de Vélez, no sale agua. Lo único que salen son lágrimas de cada veleño”, dice Santamaría.
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La solución definitiva, al menos sobre el papel, tiene nombre: Pozo Verde. El proyecto busca construir una conducción paralela para llevar más caudal hasta la planta de tratamiento. Su costo estimado, según el gerente de Emprevel, ronda los $32.000 millones. Pero el problema vuelve a ser el tiempo: estabilizar una tubería no significa crear agua donde ya no la hay.
“Yo quisiera que los gobernantes vinieran aquí a bañarse a tutumadas o tazadas, a ver si así le voltean la mirada hacia Vélez. Pero como hasta los mismos alcaldes terminan su periodo y se van del municipio, no se quedan aquí como dolientes de sus mismas gestiones, pues por eso es que nunca va a pasar nada”, expresa Jaime Santamaría.
Barichara, entre el turismo y el agua que llega por turnos
En Barichara, la palabra racionamiento tampoco es nueva. El municipio no cuenta con una fuente hídrica propia que garantice el abastecimiento permanente y depende del agua almacenada en las represas El Común y La Laja, que también abastecen a Villanueva y Cabrera.
Lady Carolina Chaparro, gerente de la empresa de servicios públicos de Barichara, advierte que la situación podría complicarse si los niveles de las represas continúan descendiendo. Actualmente, El Común se encuentra aproximadamente a un metro del máximo nivel de llenado y La Laja, a unos dos metros. Asegura que, cuando los niveles bajen hasta determinados límites, el proveedor comenzaría a reducir el suministro a Barichara.
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Pero el municipio ya vive bajo un sistema de turnos. “Barichara está divida en dos sectores, mientras uno recibe agua un día, el otro debe esperar al siguiente. En condiciones normales, cada sector puede contar con unas seis horas de disponibilidad, dependiendo de los niveles de almacenamiento. Si el proveedor empieza a racionar el suministro, ese tiempo podría reducirse a entre tres y cuatro horas”, explica Chaparro.
La situación también alcanza a hospitales, colegios, asilos y establecimientos comerciales. Cuando los niveles de los tanques lo permiten, el cuerpo de Bomberos carga agua potable en carrotanques para llevarla a estas instituciones, pues hacer llegar el líquido por la red puede consumir buena parte del volumen disponible antes de que alcance la presión necesaria.
Barichara cuenta además con dos pozos profundos que aportan cerca de cinco litros por segundo. A esto se suman aproximadamente 11 o 12 litros por segundo provenientes de la empresa que administra las represas, pero la propia gerente señala que la planta de tratamiento tampoco tiene capacidad para procesar un volumen mayor.
Por eso, incluso cuando hay agua disponible en los sistemas de abastecimiento, abrir la llave no garantiza que el líquido llegue de manera continua. “Las familias han aprendido a almacenar agua en tanques, generalmente de unos 1.000 litros, para afrontar los periodos sin servicio. La empresa publica un cronograma en el que los sectores reciben agua en días determinados”, detalla la gerente.
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El problema, además, tiene una raíz histórica. “La situación en Barichara es histórica porque no tenemos una fuente que nos abastezca permanentemente. El crecimiento turístico y poblacional ha aumentado la demanda, especialmente durante temporadas como diciembre, Semana Santa y los festivos”, agrega Chaparro.
La empresa trabaja con la administración municipal y otras entidades en proyectos para encontrar una fuente de abastecimiento más estable y ampliar la capacidad de tratamiento de la planta hasta unos 60 litros por segundo, volumen que, según la gerente, permitiría garantizar agua las 24 horas a los usuarios.
Francisco Bustamante, integrante de organización La Barichara que Soñamos, cuenta que en las zonas rurales el agua llega apenas dos veces por semana, durante aproximadamente dos horas y media. La rutina consiste en esperar, abrir las llaves y llenar los tanques antes de que el suministro vuelva a desaparecer.
“Nos toca aprovechar estas dos llegadas de agua para llenar los tanques para que nos puedan servir para el resto de la semana”, relata.
La situación es aún más preocupante. Bustamante señala que “el agua que nos llega a la zona rural no ha pasado por un proceso de tratamiento y nosotros debemos buscar mecanismos para hacerla apta para el consumo”, expresa Francisco.

Y mientras el agua escasea, Barichara sigue creciendo. Hoteles, restaurantes y nuevas parcelaciones aumentan la demanda en uno de los principales destinos turísticos de Santander.
Málaga cierra la llave antes de quedarse sin agua
A cientos de kilómetros, Málaga vive una historia diferente.
Aquí todavía hay agua. Pero la administración municipal decidió cerrar la llave antes de que la emergencia sea irreversible.
Las fuentes superficiales que abastecen la planta principal han disminuido más de 50 % y el municipio conserva cerca del 48 % de su capacidad de almacenamiento. Por eso, desde Empresas Públicas Municipales de Málaga se estableció un racionamiento de 12 horas diarias: el servicio funciona hasta las 4:00 de la tarde y se suspende hasta las 4:00 de la mañana.
No hay carrotanques recorriendo las calles. Tampoco se habla todavía de un desabastecimiento total. La medida es preventiva.
“Todas estas medidas que estamos tomando es por prevenir, que más adelante no se dé un desabastecimiento total de agua”, explica Cindy Yohana Barajas Zárate, gerente de la empresa.
El municipio cuenta además con dos embalses que funcionan como respaldo durante las temporadas secas. El primero está siendo utilizado y el segundo permanece disponible para los próximos meses. El plan de contingencia está previsto hasta diciembre.

“Actualmente estamos en alerta naranja, que es preventiva, de ese plan de emergencias y contingencias que establece estos racionamientos. Sin embargo, ya hay actividades programadas en caso de llegar a alerta roja o negra, las cuales conllevan otras actividades diferentes”, agrega Carlos Jurado, ingeniero ambiental de las Empresas Públicas de Málaga.
La estrategia también incluye pedagogía. Colegios, comunidades y otras instituciones han recibido mensajes sobre el uso responsable del agua. El municipio, dicen sus funcionarios, monitorea periódicamente los caudales para determinar si debe endurecer las medidas o, si las condiciones mejoran, reducir el tiempo de racionamiento.
Málaga, así, representa el otro rostro de la crisis: el de un municipio que todavía tiene margen de maniobra, pero que sabe que cada litro almacenado hoy puede ser decisivo mañana.
“Málaga es uno de los municipios de la provincia que en estos momentos cuenta con más agua. Los corte de agua obedecen a las medidas preventivas que hemos empleado para que le municipio no sufra un desabastecimiento total de agua”, sostuvo Barajas Zárate.
Una crisis que no cabe en una sola temporada seca
Las tres historias muestran que Santander no enfrenta una única crisis del agua.
En Vélez, la emergencia ya obligó a depender de carrotanques. En Málaga, el racionamiento funciona como una barrera preventiva. En Barichara, el agua llega por turnos mientras el turismo y el crecimiento inmobiliario presionan un sistema limitado.

Hernán Clavijo, director de la Agenda Estratégica del Agua en ProSantander, señala que son cinco factores que están detrás de la falta de agua en los municipios de Santander.
“La falta de planificación, escasez de recursos para ejecutar las obras, limitada capacidad técnica de algunos municipios para formular proyectos, dependencia de recursos nacionales y poca articulación entre las entidades responsables. El agua, entonces, no desaparece de un día para otro”, sostiene Clavijo.
Como lo resume el gerente de Emprevel: “El problema ahorita es el recurso hídrico. Realmente no estamos contando con agua para poderle suministrar”.
Y en lugares donde abrir la llave ya no garantiza una gota, la pregunta dejó de ser cuándo llegará el agua. Ahora es cuánto tiempo más podrá sostenerse un sistema que lleva años esperando una solución.
















