Era 1982, el Colegio de Santander un refugio de jóvenes díscolos que hacíamos tránsito a la irreverencia social, eso que la Constitución de 1991 llamó libre albedrío. Lo hacíamos evidente en el aula, en los centros culturales y, desde luego, en el emblemático periódico estudiantil “Horizontes”. Un día cualquiera de ese año, Medardo Porras llegó al salón de cuarto con unos periódicos amarrados con cabuya, los botó al piso y me dijo: “Quiroga, me echaron del trabajo”. Con una ingenuidad silenciosa, solo pensé: y de cuál trabajo. Ese día supe y de paso supimos sus amigos más cercanos que, para poder estudiar, todos los días a las 2 o 3 de la madrugada, mientras nosotros dormíamos, pues él repartía La Vanguardia Liberal casa por casa. Su bicicleta ese día falló y fue imposible resolver; ese era su miedo. Al fin, la mano invisible hizo su trabajo.
Esa mano invisible o esa voz que todos guardamos con recelo cambiaría mi vida. Sin querer, Medardo había puesto frente a mis ojos a quien años más tarde se convertiría en mi segunda casa.
El 5 de julio de 1987, solo 5 años después, el suplemento literario de Vanguardia Liberal abrió sus brazos a mis sueños de escritor, publicando el cuento “Punzada mortal”; apoyo que se repetiría durante los siguientes 10 años. Sin duda, mi primer libro de poesía “Monólogo de la angustia”, publicado recientemente por la casa del libro total, es un hijo del suplemento literario. Estas dos referencias, de dos amigos de aula, nos llevan a significar que estos 107 años de vida informativa que hoy celebra Vanguardia no solo se han de circunscribir al plano periodístico, sino, de igual forma, al poder transformador de luchas personales, de desafíos y sueños ciudadanos.

¿Cuánto significaba para Medardo Porras ese trabajo? ¿Cuánto influyó en lo que más tarde sería su vida? Esas historias merecen ser contadas. Lo mejor de todo es que el joven que repartía periódicos a la madrugada fue el mejor bachiller de nuestra promoción y a quien escribe esta columna le correspondió el discurso de graduación. En ambos, la mano invisible de Vanguardia estuvo presente.
El 25 de febrero de 1993 inicia mi vida como columnista. Caminamos de la ficción del suplemento literario al pragmatismo de la opinión. Estos tiempos nos enseñan otras formas de comunicar, de dialogar entre desconocidos, de defender en mínimos caracteres la fórmula para salvar al mundo de un enemigo sin figura corporal: la soledad.
Desde lo más profundo de mi corazón, quiero desear a Vanguardia un “feliz aniversario 107”. Mil gracias a Clara Inés Blanco de Galvis y Eduardo Durán Gómez por haber creído en ese joven inquieto con solo 23 años de edad. Buen viento y buen amar.











