Colombia volvió a sentir miedo. No fue solamente el movimiento de la tierra. Fue esa sensación profunda de entender, en cuestión de segundos, que todo aquello que creemos seguro puede dejar de serlo.
El epicentro estuvo en San José del Palmar, Chocó, pero el dolor no tuvo fronteras: llegó al Eje Cafetero, al Valle y a muchos otros lugares de Colombia. Edificios colapsados, familias buscando a sus seres queridos, personas heridas y, sobre todo, vidas que ya no están.
Pero detrás de cada número hay una historia.
No murió “una persona más”.
Murió un padre.
Una madre.
Un hijo.
Un abuelo.
Un niño que tenía toda una vida por delante.
Y hay familias que hoy no solamente lloran a quienes perdieron. Hay familias que no saben dónde van a dormir esta noche. Hay niños que probablemente todavía no entienden por qué su casa ya no está. Hay ancianos que han perdido, además de sus pertenencias, el lugar que durante décadas llamaron hogar.
Eso es lo que verdaderamente estremece.
Porque los terremotos no solamente derrumban edificios. También derrumban, por unos instantes, esa ilusión que tenemos de controlar nuestras vidas.
Nos recuerdan que somos frágiles.
Que podemos salir de casa pensando en regresar en unas horas y que la vida puede cambiar completamente antes de hacerlo.
Que muchas de las preocupaciones que ayer nos parecían enormes hoy parecen pequeñas.
Por eso, en medio de esta tragedia, quizás también deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos.
¿Cuántas veces aplazamos un abrazo?
¿Cuántas veces dejamos para mañana una llamada?
¿Cuántas veces nos acostamos molestos con alguien que amamos?
¿Cuántas veces vivimos preocupados por cosas que, frente a la muerte, pierden absolutamente todo su valor?
Hoy Colombia necesita solidaridad.
Necesita manos que ayuden, instituciones que respondan, profesionales que acompañen, personas que donen, comunidades que se organicen.
Pero también necesita algo más difícil: que no olvidemos a las víctimas cuando deje de ser noticia.
Porque el terremoto pasará. Las imágenes dejarán de aparecer en las pantallas. La atención de los medios cambiará de lugar.
Pero para muchas familias, el 10 de agosto de 2026 quedará marcado para siempre.
Hoy quiero pensar especialmente en ellos.
En quienes buscan.
En quienes esperan.
En quienes lloran.
En quienes sobrevivieron y ahora tendrán que aprender a reconstruir una vida que ya no será igual.
Y quiero creer que, frente a la fuerza de la naturaleza, también puede aparecer la fuerza del ser humano.
Que en medio de los escombros aparezcan manos.
Que en medio del miedo aparezca solidaridad.
Que en medio del dolor aparezca esperanza.
Porque quizás esa sea una de las pocas cosas que tenemos para enfrentar nuestra fragilidad: entender que no podemos controlar cuándo tiembla la tierra, pero sí podemos decidir cómo respondemos cuando tiembla la vida de los demás.
Hoy Colombia está de luto.
Y hoy, más que nunca, necesitamos estar juntos.
Por los que se fueron.
Por los que sobrevivieron.
Y por los que todavía esperan ser encontrados.
Bienvenidos a la clínica del alma.











